NOVENA PARTE.
BY Pedro Mosiño Díaz.
SÁBADO 30 DE AGOSTO 2025
En las páginas 106-109, se profundiza en el quiebre moral y social de los personajes, atrapados en un sistema de opresión donde la comida se ha convertido en moneda de cambio y la dignidad humana se mide en objetos materiales. El absurdo se vuelve cotidiano: un grupo de ciegos armados establece un régimen de extorsión, y la colectividad, aun entre protestas, termina doblegándose. La contradicción entre el derecho individual a resistir y la necesidad colectiva de comer se resuelve con un consenso forzado: todos deben dar, todos deben sacrificar, porque la supervivencia no deja margen para la rebeldía abierta.
La figura de la mujer del médico adquiere una relevancia simbólica en este episodio. Su hallazgo de las tijeras, y la decisión de ocultarlas, abre la posibilidad de un cambio futuro, aunque aún no sepamos en qué dirección. El gesto de esconderlas, en silencio, representa tanto la semilla de una resistencia latente como la prudencia de quien sabe que un arma, incluso tan sencilla, puede marcar la diferencia entre la sumisión y la posibilidad de actuar. Mientras los demás entregan relojes, cadenas, joyas y dinero —despojándose de lo que alguna vez significó identidad o afecto— ella preserva algo que trasciende lo material: la oportunidad de intervenir en el rumbo de los acontecimientos.
El proceso de entregar los objetos personales evidencia la humillación y el desarraigo que impone la violencia. Algunos lo hacen con rabia, reconociendo que son despojados, otros con indiferencia, aceptando que nada, en sentido absoluto, nos pertenece. Estas dos actitudes condensan los extremos de la condición humana bajo presión: la rebelión impotente y la resignación total. Pero en ambos casos la conclusión es la misma: el orden impuesto por los ladrones se mantiene intacto, y la colectividad, sometida por la fuerza, se resigna a pagar un precio desmedido por la subsistencia más elemental.
En paralelo, el médico y el primer ciego emprenden la marcha hacia la sala de los opresores. El camino, normalmente bullicioso, se encuentra vacío, y el silencio que los rodea acentúa el clima de opresión. Sus reflexiones durante el trayecto revelan la fractura del espíritu: mientras el médico se aferra a la imposibilidad de imaginar algo peor, el primer ciego insiste en que el mal no conoce límites. Entre ambos se dibuja la tensión entre un pesimismo activo y una esperanza vacía, una dualidad que refleja la lucha interna de todos los confinados: ¿es mejor resignarse o atreverse a creer que aún puede haber un cambio?
El encuentro con los extorsionadores añade un matiz inquietante: el orden de la violencia no es improvisado, sino cuidadosamente planificado. La cama atravesada como mostrador, la voz del jefe que organiza y registra, y el sonido inconfundible del braille revelan una burocracia del poder basada en el miedo y la organización. Aquí no hay caos, sino un sistema que se alimenta del sufrimiento ajeno y que utiliza el control del alimento como arma política. Más aún, el descubrimiento de que entre ellos hay un ciego “normal”, capaz de escribir en braille, introduce la sospecha de una diferencia de orígenes y condiciones en la ceguera colectiva. ¿Se trata de un remanente del mundo anterior, atrapado en este encierro, o de alguien que aprovecha su habilidad para reforzar un dominio perverso?
Este detalle plantea preguntas perturbadoras sobre el sentido de la ceguera en la novela: no todos los ciegos son iguales, y algunos, aún privados de la vista, poseen recursos para dominar a los demás. La escritura en braille, símbolo de conocimiento y comunicación, aparece aquí desvirtuada, convertida en herramienta del poder opresor. El médico lo entiende de inmediato: con un arma y un escriba, el control está asegurado, y las posibilidades de resistencia parecen extinguirse.
Así, estas páginas revelan no solo la degradación de la convivencia, sino también la instauración de un sistema jerárquico en medio del desastre. La colectividad ciega, abandonada a su suerte, reproduce estructuras de dominio donde unos pocos controlan y el resto obedece. La novela pone en evidencia que incluso en la oscuridad, o quizá precisamente en ella, las lógicas del poder se reorganizan, mostrando que el verdadero peligro no es la ceguera misma, sino la capacidad humana de convertirla en instrumento de sometimiento y violencia.
En el fragmento (págs. 110-113 ), se refuerza la crudeza del dominio de los ciegos armados y el dilema moral de los sometidos. El episodio con el médico es especialmente revelador: su intento frustrado de rebelarse cuando sintió la pistola en el cuello expone el límite entre el coraje y la prudencia. Él mismo reconoce que tuvo la oportunidad de arrebatar el arma, pero no lo hizo, dudando de su capacidad para actuar después de conseguirla. La conversación con el primer ciego deja ver cómo el miedo, la incertidumbre y la posibilidad de represalias paralizan incluso a quienes desean resistir. La conclusión es amarga: quizás lo más sensato, por ahora, sea permitir que las armas sigan en manos de los opresores, aunque cada amenaza sea ya una forma de ataque.
La reacción de los demás ciegos ante el escaso alimento recibido muestra otro aspecto de la dinámica social: la necesidad de un culpable inmediato. Algunos culpan a sus representantes de no haber exigido más, olvidando que la violencia condiciona cualquier negociación. Sin embargo, pronto moderan sus críticas cuando escuchan la explicación del médico, reconociendo en él un liderazgo prudente que, aunque frustrante, garantiza cierta estabilidad. El reparto de la comida, aunque insuficiente, termina trayendo consigo un extraño alivio: el hambre se calma lo justo para que el grupo pueda descansar, aunque en silencio planee la pregunta de cuánto tiempo podrá sostenerse esa frágil tregua.
El viejo del ojo vendado ocupa aquí un lugar central, convertido en vínculo con el mundo exterior gracias a su radio. La manera en que transmite las noticias, susurrándolas de cama en cama hasta que cada persona las reformula según su propio ánimo, refleja el proceso de distorsión de la información en contextos de encierro y desesperanza. La radio, con su voz cascada y frágil, representa un hilo de esperanza y también un recordatorio de la vida antes de la ceguera. El debate con la chica de las gafas oscuras, que pide escuchar música, ilustra la tensión entre el deseo de mantener recuerdos íntimos y la necesidad de información vital para sobrevivir. La música, como eco del pasado, aparece como un lujo imposible en un presente donde lo urgente anula lo estético.
La ruptura definitiva ocurre con el apagón de la emisora: la súbita exclamación de un locutor cegado en directo, seguida del silencio absoluto, simboliza la expansión incontrolable de la epidemia y la muerte de la última conexión con el exterior. El viejo de la venda negra, incapaz de contener el llanto, comprende que lo poco que quedaba del mundo conocido se ha desmoronado. No fue necesario que la radio se rompiera ni que las pilas se agotaran: el mal blanco borró incluso a quienes relataban la catástrofe. La caída del aparato al suelo marca el final de una era y el inicio de un aislamiento total, donde ni siquiera las noticias —ya deformadas por la transmisión oral— pueden sostener la ilusión de contacto con la realidad.
El cierre del fragmento introduce un contraste inquietante. A pesar de la humillación y la pérdida, muchos ciegos se entregan al sueño, satisfechos de haber comido tres veces en un día. La ironía es evidente: la misma organización que los somete y los despoja es la que, paradójicamente, les brinda una estabilidad que nunca antes habían tenido. Así, lo que al inicio parecía un abuso intolerable empieza a asumirse como un mal menor, incluso con un matiz de beneficio colectivo. La resignación se disfraza de alivio, y la paciencia se vuelve la única estrategia para sobrevivir. Pero bajo la aparente calma de los cuerpos saciados late la evidencia de un precio altísimo: el trueque de la libertad y la dignidad por una paz precaria, sostenida por el miedo y la sumisión.
En este fragmento se refuerza la crudeza del dominio de los ciegos armados y el dilema moral de los sometidos. El episodio con el médico es especialmente revelador: su intento frustrado de rebelarse cuando sintió la pistola en el cuello expone el límite entre el coraje y la prudencia. Él mismo reconoce que tuvo la oportunidad de arrebatar el arma, pero no lo hizo, dudando de su capacidad para actuar después de conseguirla. La conversación con el primer ciego deja ver cómo el miedo, la incertidumbre y la posibilidad de represalias paralizan incluso a quienes desean resistir. La conclusión es amarga: quizás lo más sensato, por ahora, sea permitir que las armas sigan en manos de los opresores, aunque cada amenaza sea ya una forma de ataque.
La reacción de los demás ciegos ante el escaso alimento recibido muestra otro aspecto de la dinámica social: la necesidad de un culpable inmediato. Algunos culpan a sus representantes de no haber exigido más, olvidando que la violencia condiciona cualquier negociación. Sin embargo, pronto moderan sus críticas cuando escuchan la explicación del médico, reconociendo en él un liderazgo prudente que, aunque frustrante, garantiza cierta estabilidad. El reparto de la comida, aunque insuficiente, termina trayendo consigo un extraño alivio: el hambre se calma lo justo para que el grupo pueda descansar, aunque en silencio planee la pregunta de cuánto tiempo podrá sostenerse esa frágil tregua.
El viejo del ojo vendado ocupa aquí un lugar central, convertido en vínculo con el mundo exterior gracias a su radio. La manera en que transmite las noticias, susurrándolas de cama en cama hasta que cada persona las reformula según su propio ánimo, refleja el proceso de distorsión de la información en contextos de encierro y desesperanza. La radio, con su voz cascada y frágil, representa un hilo de esperanza y también un recordatorio de la vida antes de la ceguera. El debate con la chica de las gafas oscuras, que pide escuchar música, ilustra la tensión entre el deseo de mantener recuerdos íntimos y la necesidad de información vital para sobrevivir. La música, como eco del pasado, aparece como un lujo imposible en un presente donde lo urgente anula lo estético.
La ruptura definitiva ocurre con el apagón de la emisora: la súbita exclamación de un locutor cegado en directo, seguida del silencio absoluto, simboliza la expansión incontrolable de la epidemia y la muerte de la última conexión con el exterior. El viejo de la venda negra, incapaz de contener el llanto, comprende que lo poco que quedaba del mundo conocido se ha desmoronado. No fue necesario que la radio se rompiera ni que las pilas se agotaran: el mal blanco borró incluso a quienes relataban la catástrofe. La caída del aparato al suelo marca el final de una era y el inicio de un aislamiento total, donde ni siquiera las noticias —ya deformadas por la transmisión oral— pueden sostener la ilusión de contacto con la realidad.