By Pedro Mosiño Díaz.
SÁBADO 09 DE AGOSTO 2025
En las páginas 86 a 88 de Ensayo sobre la ceguera, Saramago expone, con crudeza y lucidez, uno de los momentos más densos y simbólicos de la novela: la violencia cíclica que se desata en el interior del manicomio convertido en campo de cuarentena, el miedo que muta en histeria colectiva y la progresiva deshumanización que avanza con la ceguera. En medio de empujones, gritos y cuerpos pisoteados, aparece la noticia más temida: hay muertos. Esta frase, repetida con pánico, desata una ola irracional que no distingue entre víctimas y culpables, entre sanos y contagiados, entre adultos y niños. Todo se mezcla, se aplasta, se pierde. Saramago describe esta escena como un espejo desolador de lo que ocurre cuando las instituciones fallan y los seres humanos quedan librados al instinto de supervivencia, ese que muchas veces se impone sobre cualquier noción de solidaridad o compasión.
El pasaje no solo muestra el colapso físico del orden —muertos, cuerpos golpeados, pertenencias abandonadas— sino también el colapso simbólico de la humanidad compartida. Ancianos, mujeres y niños, históricamente los más vulnerables, son también los más afectados por el desastre. Los objetos personales que quedan en el suelo no son simples residuos: representan la última riqueza, la última identidad material de quienes han sido despojados de su visión, de su libertad y de su control. Que alguien se atreva luego a “rebuscar” en ellos, apropiándoselos, no es solo un acto de rapiña: es una forma más de borrar la historia individual de los caídos. En este sentido, la ceguera ya no es solo una condición física, sino una metáfora devastadora de la pérdida de empatía.
Sin embargo, entre el caos emerge una figura silenciosa y profundamente significativa: un viejo con una venda negra en un ojo, que no grita ni corre al encontrar los cadáveres. Se queda junto a ellos, en silencio, esperando que regresen la paz y el orden. Su gesto no es solo un signo de resignación, sino también de respeto. Frente a la histeria colectiva, este personaje representa la dignidad mínima que aún puede ejercerse en medio del colapso. Cuando finalmente se levanta y busca abrigo, lo hace sin aspavientos, con lentitud, preguntando con humildad si hay una cama para él. Su actitud contrasta con la violencia anterior, sugiriendo que, incluso en los espacios más degradados, es posible encontrar gestos de humanidad que invitan a reconstruir lo perdido.
A pesar del horror, Saramago no renuncia a mostrar las posibilidades de aprendizaje colectivo. El encierro forzado, aunque comenzó como una condena, empieza a configurar nuevas reglas de convivencia. El hecho de que ya no entren más ciegos al manicomio genera, paradójicamente, un efecto estabilizador. Se puede comenzar a conocer al otro, a establecer relaciones duraderas, a organizarse. Esta estabilidad mínima revela que incluso en condiciones extremas, los seres humanos necesitan comunidad, vínculos, un “nosotros” con el cual sostenerse. Es la tragedia, no la comodidad, la que los obliga a organizarse, y aunque el resultado no es perfecto ni exento de conflictos, es un primer paso hacia la reconstrucción del tejido social.
Saramago destaca con ironía que la llegada de más personas genera, por fin, una respuesta más comprometida de las autoridades. No por compasión, sino por miedo a que el sistema ya no pueda sostenerse. Cuando alimentar a treinta era manejable, la negligencia era tolerada; pero ante el peso de doscientos sesenta, surge una responsabilidad forzada. Es en esta crítica que el autor retrata la hipocresía de las instituciones: no actúan por principios, sino por presión, por miedo a lo que pueda suceder si no lo hacen. Y aun así, el efecto de esa comida —repartida, masticada, agradecida— tiene un peso simbólico enorme. Por un instante, la colectividad vuelve a sentirse cuerpo: un cuerpo que mastica, que se sacia, que respira un poco más tranquilo.
La reflexión más poderosa del pasaje, sin embargo, se encuentra en el contraste entre dos espacios: una sala que entierra a sus muertos y otra que logra establecer un orden higiénico y solidario. En la primera, la simple acción de enterrar es liberadora, no solo en sentido físico —al desaparecer el hedor de la muerte—, sino también como un acto simbólico de cierre, de respeto por los caídos. En la segunda, el liderazgo de la mujer casada con el oftalmólogo se vuelve clave: su frase “Si no somos capaces de vivir enteramente como personas, hagamos lo posible para no vivir enteramente como animales” se convierte en doctrina, en consigna ética. Ella no impone un régimen desde el miedo, sino desde la conciencia, desde el deseo profundo de seguir siendo humanos en medio de lo peor.
Esta pedagogía desde abajo, construida a base de repetición, convivencia y ejemplo, comienza a dar frutos. El orden, en esta pequeña comunidad, no nace del control militar ni de las amenazas externas, sino de una ética interiorizada. Es ahí donde Saramago sugiere una posibilidad de redención: la sociedad no necesita una autoridad ciega y externa que la organice, sino una conciencia colectiva que entienda que vivir juntos exige un mínimo de respeto mutuo. El hombre de la venda negra, acogido sin preguntas, es la prueba de que todavía se puede construir un refugio dentro de la catástrofe.
En esta reflexión sobre el caos, el encierro y la esperanza, Saramago nos empuja a mirarnos como especie: ¿qué tipo de humanidad construimos cuando todo colapsa? ¿Qué queda de lo humano cuando se pierde el control, la vista, las pertenencias, los afectos? A través del deterioro físico del espacio, del olor de los cuerpos y de las pequeñas decisiones cotidianas, el autor nos obliga a ver —con ojos interiores— que la verdadera ceguera no está en la falta de visión, sino en la renuncia al otro. Y aunque no ofrece una solución idealista, deja sembrada la posibilidad de una reconstrucción ética desde lo más básico: una cama compartida, un plato limpio, una frase que se convierte en regla de vida.
La radio, el reencuentro y la tenue luz en la ceguera: reconstrucción de humanidad en medio del encierro
El fragmento que abarca las páginas 89 a 92 de Ensayo sobre la ceguera continúa la poderosa exploración de José Saramago sobre la condición humana en situaciones extremas. A través de un conjunto de escenas aparentemente simples —el descubrimiento de una cama libre, la llegada de un viejo paciente, el uso de una radio portátil— se revela una compleja red de significados donde el autor entrelaza la pérdida de visión con la recuperación simbólica del lazo social. Cada personaje, aunque físicamente ciego, empieza a reconocerse por la voz, por los recuerdos compartidos y por los gestos. Saramago nos recuerda que cuando la vista desaparece, los seres humanos deben encontrar otras formas de “ver”: a través del sonido, del tacto, de la memoria y, sobre todo, de la empatía.
La cama libre, rodeada por un “aura de padecimiento”, es un símbolo cargado de resonancia. Es un espacio que permanece vacío no por respeto, sino por el peso invisible del dolor que allí se vivió. Nadie osa ocuparla. Este detalle, aparentemente menor, indica cómo incluso en las condiciones más adversas, el sufrimiento deja huella y configura el comportamiento colectivo. La mujer del médico, figura central de lucidez y observación, lo nota y lo nombra. El azar —que una cama haya quedado vacía, que justo a esta sala llegaran aquellos pacientes de oftalmología— no es sólo narrativo, es una muestra del modo en que Saramago trabaja con la idea de destino entrelazado. No se trata de milagros, sino de una red invisible de relaciones que dan sentido a la experiencia humana.
El reencuentro del médico con su paciente, el viejo de la venda negra, es uno de los momentos más conmovedores del fragmento. A través del contacto de las manos, como “dos hormigas que se reconocieran por el manejo de las antenas”, se produce una reconexión que va más allá de lo físico: es el rescate de una identidad, de una historia, de un pasado compartido. La voz se convierte aquí en el nuevo canal de conocimiento. “La voz es la vista de quien no ve”, dice el médico, y la frase resuena como uno de los ejes filosóficos de la novela. Cuando los sentidos tradicionales fallan, es la palabra la que puede sostener el tejido de lo humano. En ese momento, lo que parecía un grupo anónimo y disperso se transforma en comunidad: todos se presentan, todos dicen quiénes son, todos se nombran. En medio del caos, esta presentación mutua funciona como acto fundacional de una sociedad alternativa.
La llegada de la radio añade otra capa simbólica al relato. Aunque es un aparato pequeño, de pilas, representa una conexión con el exterior, con el mundo del que han sido excluidos. La radio no es solo tecnología: es esperanza. Las voces que salen de ella, aunque distantes, aunque incompletas, reconectan a los internos con una narrativa más amplia, con la idea de que aún hay un mundo allá afuera que sigue su curso. La escena en que todos se acercan para escuchar la música —cada uno detenía su paso al sentir la presencia de otro, sin empujones, sin prisas— es profundamente poética. Saramago traza aquí una nueva forma de convivencia basada en la intuición, la calma y el respeto por el espacio del otro. Aun ciegos, los personajes aprenden a “ver” con mayor claridad que muchos de los que caminan por la calle con los ojos abiertos.
Y entonces llegan las lágrimas. Pero no las lágrimas del melodrama, sino las que brotan naturalmente “como de una fuente”. Aquí, Saramago describe quizás el momento más íntimo y colectivo del fragmento: llorar juntos, frente a una canción sin importancia, no por lo que dice la letra sino por lo que representa. La música no devuelve la vista, pero despierta la memoria, el deseo, la belleza que parecía perdida. En un mundo en ruinas, el arte sigue siendo una chispa de dignidad. La canción, el sonido, la risa dolorosa ante la pregunta “¿de la tarde o de la mañana?”, nos muestran que incluso en la oscuridad absoluta hay espacio para lo humano, para el afecto, para la fragilidad compartida.
La irrupción del relato oficial —por medio de la voz del viejo de la venda negra— contrasta radicalmente con la humanidad del momento anterior. Su testimonio revela la manipulación institucional del lenguaje, esa manera técnica, distante y burocrática con la que el poder busca ocultar el sufrimiento real. El cambio de tono en la narración, que el propio narrador justifica al decir que “la descripción de cualquier hecho gana con el rigor y la propiedad de los términos usados”, es una crítica directa al discurso del poder: aséptico, abstracto, deshumanizante. La epidemia, que había comenzado como una realidad innegable, es transformada en una “concomitancia temporal de circunstancias”. Esta desfiguración del lenguaje muestra cómo, incluso en medio del colapso, las autoridades optan por negar lo evidente para mantener la ilusión de control.
Este pasaje nos plantea entonces una dicotomía esencial: por un lado, la voz cálida, imperfecta, humana, que narra desde la vivencia; por otro, el discurso técnico que transforma la tragedia en estadística, el dolor en dato. Saramago elige claramente su bando: está del lado de los que tocan, de los que se presentan, de los que lloran juntos frente a una canción sin importancia. Su crítica es doble: a la insensibilidad de los sistemas y a la pasividad con la que muchas veces los individuos aceptan su deshumanización. Pero también hay una apuesta: mientras haya una radio, una voz, un gesto de reconocimiento, todavía será posible reconstruir lo que se ha perdido.
Finalmente, la escena cierra con un silencio significativo. Los ciegos se acomodan como pueden, tres o cuatro por cama, y escuchan lo que el viejo tiene para contar. Este acto —sentarse a oír, esperar en calma, compartir espacio y palabra— es en sí mismo un gesto de civilización. En medio del aislamiento y el miedo, se están forjando nuevas formas de comunidad, nuevas maneras de estar juntos. En esta cuarentena obligada, donde la oscuridad parece total, Saramago sugiere que lo verdaderamente humano no está en ver, sino en saber escuchar, recordar y acompañar.
Este momento, en el que los ciegos se agrupan alrededor de una simple radio y escuchan una canción trivial como si fuese un himno sagrado, representa una de las imágenes más potentes de resistencia simbólica en la novela. El gesto de acercarse a la música, de orientarse por el sonido, convierte lo banal en esencial. En un mundo sin imágenes, la voz humana —cantada, narrada o recordada— se vuelve un punto de anclaje, una forma de orientación emocional. Lo más conmovedor no es el hecho de que lloren, sino que lo hagan en silencio, con los ojos abiertos, como si estuvieran viendo algo que nosotros, los lectores, no alcanzamos a ver. Tal vez sea esa la gran lección de Saramago: en la oscuridad impuesta, hay destellos de humanidad que brillan más que la luz misma, porque nacen de la necesidad de pertenecer, de ser escuchados y de seguir sintiendo, incluso cuando el mundo exterior ha dejado de ser reconocible.