“Cuando la ceguera moral supera a la física”

By PEDRO MOSIÑO DÍAZ

SÁBADO 02  DE AGOSTO 2025

En las páginas 79 a 82 de Ensayo sobre la ceguera, José Saramago nos sumerge en un escenario límite, donde la ceguera física se convierte en el telón de fondo de una ceguera más profunda: la moral. Este fragmento retrata, con crudeza y maestría, el punto de quiebre de una comunidad humana sometida al aislamiento, al miedo, al hambre, y a la pérdida de los códigos éticos más esenciales.

El pasaje inicia con una escena tensa y simbólicamente poderosa: un ciego que, despistado y angustiado, clama por ayuda sin saber que está en la mira de los fusiles. No hay amenaza más directa a la vulnerabilidad que esa: el hombre, indefenso, es apuntado por quienes supuestamente deberían contener el caos, no agravarlo. El sargento, aunque atrapado entre la obediencia y la compasión, se convierte en figura ambivalente. Su decisión de no disparar representa uno de los pocos gestos de humanidad que sobreviven entre las ruinas del orden establecido.

La reacción del grupo de ciegos que aplaude la llegada de su compañero desorientado y lo recibe con abrazos refleja una fugaz pero significativa imagen de solidaridad. Sin embargo, esta unión se rompe rápidamente cuando la necesidad y el egoísmo entran en juego. Mientras unos celebraban la supervivencia colectiva, otros aprovechaban para robar las cajas de comida. Así, Saramago lanza una dura crítica al oportunismo y la fragilidad de los pactos éticos cuando el hambre, el encierro y el temor se vuelven cotidianos.

La propuesta de los ciegos de repartir las cajas restantes y organizar una comisión de investigación deja ver una lucha interna por preservar los valores de justicia, equidad y respeto. No obstante, esta organización nace de la necesidad, no de la convicción. El dilema entre castigar o no a los responsables del robo se mezcla con una lógica de supervivencia: comer primero, pensar después. Es en esa inversión de prioridades donde la obra se vuelve más punzante: los seres humanos se están transformando en entes primarios, empujados por el instinto más que por el pensamiento moral.

En otro nivel de análisis, el texto expone el nacimiento de una estructura de poder interna entre los ciegos. Surgen los que proponen castigos, los que organizan comisiones, los que obedecen y los que transgreden. Sin necesidad de visión, reaparecen las jerarquías, los liderazgos, la desconfianza y las reglas. Es como si la ceguera no impidiera la repetición de las estructuras sociales, sino que más bien las intensificara, liberándolas de los frenos civilizatorios. En medio de la oscuridad, el ser humano sigue siendo el mismo: capaz de la cooperación y del engaño, de la compasión y de la violencia.

El pasaje también reflexiona sobre el aislamiento como una forma de control. Las autoridades, encarnadas en figuras como el sargento o los altos mandos militares, discuten qué hacer con los ciegos como si fueran una amenaza más que personas. Se sugiere incluso que la solución más práctica sería asesinarlos, dejando entrever una lógica brutal de exterminio disfrazada de pragmatismo sanitario. La frase “Muertos en vez de ciegos, el cuadro no iba a cambiar mucho” sintetiza la banalización de la vida cuando el miedo deshumaniza.

Saramago, sin decirlo directamente, interpela al lector: ¿qué harías tú en medio del colapso? ¿Cuánto tardarían en desmoronarse tus convicciones si tu supervivencia dependiera de pasar por encima del otro? La crítica no va solo dirigida a los personajes, sino a la sociedad que representan: una civilización frágil, que apenas sostenida por normas externas, cae en el caos apenas esas normas se desvanecen.

El pasaje concluye con una reflexión casi irónica sobre la organización como solución al caos. Se menciona la necesidad de reglas básicas: lavar, barrer, repartir, contar historias, evitar conflictos. Una comunidad que apenas puede alimentarse propone establecer su propia rutina civilizatoria. Es un intento desesperado de reconstruir humanidad entre ruinas, de no perder el respeto propio ni hacia los demás. Pero esta reconstrucción, como todo en la novela, es frágil, provisional, amenazada en cada instante por el egoísmo, el miedo o simplemente por la ceguera interior.

En última instancia, este fragmento de Ensayo sobre la ceguera no es una historia de ciegos, sino un espejo deformante de nuestra sociedad. Saramago no describe una distopía lejana, sino una posibilidad inquietantemente cercana: la de que, en ausencia de luz —real o simbólica—, aflore en nosotros no solo la oscuridad exterior, sino la más peligrosa de todas: la interior. La novela nos recuerda, en cada línea, que ver no garantiza comprender, y que la verdadera ceguera no está en los ojos, sino en la conciencia.

La escena que se despliega en estas páginas profundiza el tono de colapso social que ya venía tejiéndose desde el inicio de la obra. La ceguera como metáfora de la pérdida de humanidad adquiere nuevas capas de sentido en este punto, donde el caos colectivo se impone sobre cualquier lógica organizativa, y donde las instituciones, los militares, los supuestos líderes y los sistemas formales, muestran su absoluta incapacidad para contener la crisis que ellos mismos ayudaron a crear.

Todo comienza con una ironía demoledora: el coronel, férreo defensor de una medida extrema (ejecutar a los ciegos), se queda ciego él mismo y, acto seguido, se suicida. Esta escena no solo encierra una paradoja moral —el victimario convertido en víctima—, sino que exhibe, con una frialdad brutal, la incoherencia estructural de los poderes militares y sanitarios. Su aparente “coherencia” al quitarse la vida representa una crítica sutil pero feroz: en esta sociedad enferma, el ejemplo se da con la muerte, no con la justicia, la empatía o la búsqueda de soluciones verdaderas.

El traslado masivo de ciegos, guiados a gritos y bajo amenaza de armas, expone la imposibilidad de mantener el orden en una masa desorientada, literal y simbólicamente. El intento del sargento por organizar la entrada “en columnas de a cinco” revela el absurdo de imponer estructuras militares sobre civiles en crisis. Los ciegos no pueden formar columnas porque no pueden ver, pero más allá de lo literal, el mensaje es claro: la ceguera colectiva ya no puede ser encarrilada por sistemas obsoletos ni por la ilusión de control. El viejo orden se ha roto y los intentos por imponerlo resultan patéticos, incluso peligrosos.

En medio de esta escena de hacinamiento, empujones, gritos y llantos, Saramago muestra a un grupo humano que, aunque todavía conserva algo de razón, se aproxima vertiginosamente a un estado animal. La lucha por los espacios, por las camas, por la simple posibilidad de un lugar donde estar, desencadena violencia incluso entre los propios ciegos y entre éstos y los contagiados. Estos últimos, aún no ciegos, defienden lo que consideran “su lado”, aferrándose a la escasa distinción que los separa del otro grupo. Pero esta distinción es frágil, ilusoria y temporal.

Aquí se expresa una de las críticas más profundas del autor: el ser humano se aferra a cualquier jerarquía —aunque sea momentánea o absurda— para no reconocerse como igual a quien teme. Los contagiados no son todavía ciegos, y por eso se sienten superiores, distintos, capaces de reclamar un territorio como propio. Pero esa diferencia se desvanecerá pronto, y lo saben. La defensa violenta de su “lado” no es más que un mecanismo de negación ante una condición inevitable.

El desorden dentro del edificio es físico y simbólico. Los corredores estrechos, las puertas mal ubicadas, la falta de orientación, el empuje ciego de la masa, todo contribuye a una imagen sofocante de colapso logístico y social. La arquitectura confusa representa también la descomposición institucional: ni el ministerio del Ejército ni el de Sanidad tienen un plan realista o humano para enfrentar la situación. Sólo trasladan cuerpos, ordenan, castigan o matan, sin atender jamás la complejidad emocional, ética o psicológica de la tragedia que administran.

La violencia que estalla entre los ciegos y los contagiados revela otro aspecto central del análisis: la supervivencia individual desplaza la solidaridad. La masa de recién llegados no puede detenerse; los de dentro se ven superados; la lucha por un rincón donde asentarse se convierte en una batalla. Ciegos golpeando a ciegos, empujándose, gritando, desmayándose… Es un espectáculo desgarrador de la pérdida de civilización. El miedo los convierte en enemigos, incluso sin verse. Y lo que no pueden ver con los ojos, lo sienten en la piel: el contacto forzado, el sudor, los golpes, el dolor, la desesperación.

A pesar de todo, el sargento, figura que ha oscilado entre la brutalidad y la prudencia, vuelve a ejercer un papel estabilizador. Su disparo al aire no es un acto de violencia, sino un intento de recuperar el control, de apelar al poco orden que aún queda. Sin embargo, incluso sus palabras, amplificadas por el altavoz, resultan insuficientes para detener el desastre. La única solución que emerge es práctica, no moral: desviar el flujo hacia el ala derecha, donde aún queda espacio. Pero esta solución también es limitada y temporal: las camas pronto se llenan, y los últimos en llegar quedan atrapados entre el exterior y un interior que ya no los puede recibir.

La descripción del “tapón humano” que obstruye la puerta y provoca un reflujo de cuerpos es profundamente perturbadora. No sólo por su crudeza visual, sino por lo que simboliza: el momento en que el sistema colapsa por completo. Ni dentro ni fuera hay seguridad. Ya no hay espacio físico ni simbólico para nadie más. La ciudad, el Estado, el ejército, la sanidad, la moral, la lógica… nada puede ya contener la expansión de la ceguera ni sus consecuencias.

En este punto, la novela no sólo muestra el fracaso de la civilización ante la emergencia, sino también la dolorosa verdad de que la ceguera no iguala a todos: hay quienes todavía ven —y se aferran a esa ventaja—, hay quienes tienen poder —y lo ejercen sin piedad—, y hay quienes apenas sobreviven, aplastados entre la brutalidad del sistema y la violencia de los otros marginados.

Saramago no ofrece alivio. Todo lo contrario: enfrenta al lector con la visión más despiadada de lo que significa perder el control. Pero también siembra, aunque tímidamente, una semilla de resistencia: en medio del caos, hay quienes se ayudan, hay quienes orientan, hay quienes ceden su lugar. El desastre es real, pero también lo es el impulso de mantener cierta humanidad, por mínima que sea.

Este fragmento, entonces, no solo describe una escena de hacinamiento y violencia. Es un retrato impiadoso de cómo las estructuras sociales se derrumban cuando se pierde la vista —literal y figuradamente—, y de cómo el ser humano responde a ese derrumbe. La ceguera no es el verdadero problema: lo es la ceguera ética, la pérdida de empatía, la falta de organización que no sea vertical ni militarizada, la imposibilidad de reconocerse en el otro. En un mundo donde todos están a punto de perder la luz, la oscuridad ya no es una metáfora: es una forma de existencia.

El pánico colectivo que estalla entre los recién llegados no solo es consecuencia del hacinamiento o del miedo al golpe, sino también del colapso simbólico de toda estructura de acogida. No hay nadie que los reciba, que los escuche, que les indique con claridad a dónde ir. Son empujados por una masa que no piensa, guiados por voces autoritarias que no ven ni entienden, y recibidos con golpes por otros marginados que ya ocupaban un espacio de privilegio relativo. Esta imagen es un reflejo desgarrador de tantas realidades sociales actuales, donde los desplazados, los pobres, los enfermos o los diferentes son vistos como una amenaza incluso por aquellos que comparten su misma exclusión. El “otro” se convierte en enemigo porque representa una carencia más, una pérdida más, una amenaza a lo poco que queda.

Además, Saramago, con su estilo entre lo poético y lo irónico, pone en evidencia una paradoja constante: el orden no es sinónimo de justicia, y la desorganización no implica necesariamente maldad. A lo largo del fragmento, se contraponen dos formas de poder: el poder del miedo, sostenido por armas y gritos, y el poder de la adaptación colectiva, que pese a todo se va abriendo paso entre los escombros del caos. Aunque momentáneamente parece ganar la ley del más fuerte, queda la intuición de que la única forma de sostener la convivencia será desde abajo, desde los acuerdos espontáneos, desde el respeto mínimo que se puedan dar los ciegos entre sí. En la oscuridad total, los códigos morales no se dictan desde el Estado, sino desde los cuerpos que tropiezan y se rozan, desde los gestos elementales de ayuda o de agresión. Es ahí donde se está redefiniendo, paso a paso, lo que significa ser humano.


Publicado

en

por

Etiquetas: