ENSAYO SOBRE LA CEGUERA – JOSÉ SARAMAGO

TERCERA PARTE. 

SÁBADO 19  DE JULIO 2025

By PEDRO MOSIÑO DÍAZ.

Saramago muestra, a través de la falta de recursos médicos —agua oxigenada, vendajes, desinfectantes— el abandono y la precariedad del encierro. La improvisación para curar la herida del ladrón, usando una camiseta y un torniquete tosco, subraya la fragilidad de la vida y la urgencia que domina el espacio, además de la cooperación imprescindible a pesar de las tensiones.

La descripción del niño estrábico y su incontinencia, ignorada por la mayoría, añade una capa de realismo crudo y la idea de la vulnerabilidad infantil en medio del caos, mientras la mujer del médico mantiene un rol de cuidadora, procurando mantener la normalidad en situaciones adversas.

El episodio del uso de los retretes colectivos refleja la pérdida de privacidad y la adaptación forzada a las condiciones del encierro. Las pequeñas negociaciones sobre el orden y el espacio en torno a necesidades básicas como orinar muestran las dificultades de convivencia en un espacio reducido, donde las diferencias sociales y personales quedan a menudo en segundo plano frente a la necesidad común.

Finalmente, la escena se cierra con la reorganización del grupo en sus camas y la rutina que se impone como mecanismo de supervivencia, donde la mujer del médico, una figura de liderazgo y cuidado, intenta mantener algo de orden y esperanza. El acto final del colirio para la conjuntivitis representa simbólicamente el intento de preservar la salud y la lucidez, incluso cuando la mayoría se ha visto sumida en la ceguera.

En conjunto, este fragmento profundiza en la exploración de la condición humana bajo estrés extremo, la complejidad de las relaciones interpersonales en situación de crisis, y la lucha constante entre la degradación y la dignidad, la violencia y la solidaridad, la desesperanza y la esperanza.

En este pasaje (páginas 44-48), José Saramago retrata una escena de despertar, tanto literal como simbólica. La mujer del médico, la única que aún conserva la vista en un mundo sumido en la ceguera, se enfrenta al temor constante de perderla. La ambivalencia entre la necesidad de comprobar si sigue viendo y el miedo de descubrir que ya no puede es el punto de partida emocional del fragmento. La tensión se resuelve de forma involuntaria: abre los ojos sin decidirlo, como si su cuerpo tuviera voluntad propia, y confirma con alivio que la luz del amanecer aún la alcanza.

El fragmento explora los primeros síntomas de la deshumanización provocada por el confinamiento y la epidemia. La mujer del médico, en su observación silenciosa del entorno, reconoce una degradación de la identidad. Nadie conoce ya los nombres de los otros. En lugar de identidades, se perciben olores, voces, gestos, transformando a los personajes en una “raza de perros”, metáfora que enfatiza la pérdida de lo humano en medio del caos.

En paralelo, la mujer del médico reflexiona sobre la imposibilidad de enfrentar el sufrimiento del otro sin caer en la desesperanza. Observa al ladrón herido, constata el agravamiento de su infección y la falta de medios para tratarlo, lo que convierte una herida menor en una amenaza de muerte. Esta incapacidad técnica y moral le hace desear, de forma inquietante, ser ciega también, no tanto por compasión como por la necesidad de “atravesar la piel visible de las cosas” y dejar de presenciar lo insoportable.

La llegada de nuevos ciegos, expulsados de otra ala del edificio, introduce el tema del rechazo y la indiferencia. Las autoridades solo cumplen órdenes, y la violencia verbal con que son expulsados subraya el desamparo absoluto. Al acogerlos, la mujer del médico se muestra dispuesta a organizar el caos, pero se limita a observar y orientar desde las sombras. La ausencia de nombres continúa: los recién llegados se presentan con números y oficios, una práctica que reafirma la pérdida de la identidad civil en favor de una identidad funcional o circunstancial.

Las coincidencias entre los personajes —el taxista que llevó al primer ciego, el dependiente que vendió el colirio, la camarera que asistió a la chica de las gafas oscuras— no son reveladas por ellos mismos. Solo el lector, gracias a la narración omnisciente, accede a esas conexiones ocultas, lo que plantea preguntas sobre la fragilidad de la memoria y la identidad en situaciones de trauma colectivo.

A nivel simbólico, el reencuentro entre el primer ciego y su esposa actúa como contrapunto emocional: un momento de ternura, de reconocimiento corporal en medio del anonimato. No se buscan por el rostro, sino por la voz y el tacto, como animales heridos reconociéndose en la oscuridad. Esta escena de amor desesperado se cruza con el sollozo de la mujer del médico, quien, pese a ver, se siente tan perdida como los demás.

En la última parte del fragmento, la ironía de la situación queda evidenciada: el médico, oftalmólogo, no puede curar a nadie; el taxista no puede llevar a nadie a ningún lugar. La función social ha perdido su sentido. La chica de las gafas oscuras, con su comentario sarcástico, da voz a esta absurda paradoja.

El intento final del médico de pedir ayuda para el herido, a pesar de saber que será inútil, representa un último gesto de humanidad, de dignidad frente a lo inhumano. La mujer del médico, al salir al zaguán, se da cuenta de que incluso la luz, símbolo tradicional de claridad y conocimiento, le resulta ahora ajena. “He perdido la costumbre de la claridad”, piensa. Una frase que encierra todo el dramatismo de la transformación: no solo el cuerpo se adapta a la oscuridad, también el alma.

Este fragmento reafirma la propuesta central de Ensayo sobre la ceguera: no es la ceguera física la que arruina al ser humano, sino la pérdida de sentido, de empatía, de identidad. La novela no habla únicamente de lo que se ve o se deja de ver, sino de cómo reaccionamos ante lo invisible —el sufrimiento, la violencia, la fragilidad— cuando ya no hay estructuras que nos sostengan.

El infierno como forma de organización:

En uno de los pasajes más densos y simbólicamente cargados de Ensayo sobre la ceguera, José Saramago despliega con crudeza el colapso total del orden social y moral dentro del espacio de cuarentena al que son confinados los personajes. La ceguera blanca —esa forma de oscuridad que paradójicamente lo ilumina todo— se transforma aquí en una alegoría del fracaso colectivo, en la que ni el conocimiento, ni la compasión, ni la razón logran imponerse al miedo y al caos.

El fragmento comienza con un intento desesperado del médico y su esposa por conseguir medicamentos para un interno herido. La respuesta que obtienen, sin embargo, no es ayuda ni comprensión, sino la amenaza armada de un sargento que obedece órdenes sin cuestionarlas. Este momento revela el primer gran eje temático del fragmento: la deshumanización del poder. Las reglas han sustituido a la ética, y los funcionarios actúan como autómatas cuyo deber es garantizar el encierro, no salvar vidas.

Este pasaje también profundiza en la impotencia del saber. El médico, en su rol tradicionalmente asociado a la cura y al alivio, se encuentra inútil, despojado de herramientas, de medicinas y de visión. Incluso su experiencia, que antes confería autoridad y esperanza, se convierte ahora en una voz más entre el murmullo del encierro. La escena en que se le pregunta si la ceguera es una enfermedad destaca su honestidad científica —“no creo que, propiamente, se le pueda llamar enfermedad”— pero también resalta su inutilidad práctica. En esta nueva lógica, saber no salva.

La mujer del médico, único personaje vidente, asume el papel de observadora silenciosa. Su visión, sin embargo, no es un don gratuito: se transforma en una carga. En el momento en que contempla, sin ser vista, a los otros ciegos —especialmente a la chica de las gafas oscuras ocultando unas lágrimas bajo el pretexto del colirio—, experimenta una profunda incomodidad moral: “No tengo derecho a mirar si los otros no me pueden mirar a mí”. En esta frase se condensa una inquietud filosófica clave del libro: la ética de la mirada, el poder que implica ver cuando otros no pueden hacerlo, y el desequilibrio que ello genera.

La llegada masiva de nuevos ciegos marca un punto de inflexión en la narrativa. Se representa literalmente como una estampida, un caos animalizado, en el que unos pisan a otros, las camas se ocupan sin orden, y las voces se alzan entre protestas e incomprensión. La escena recuerda un campo de refugiados, o peor aún, una antesala del infierno, como lo anticipa la mujer del médico: “el infierno prometido va a empezar”. Y, en efecto, ese es el nuevo orden: gritos, hacinamiento, peste y abandono.

Uno de los logros estilísticos más notables de este fragmento es la forma en que Saramago manipula la sintaxis para transmitir ese mismo caos. Las frases extensas, los diálogos incrustados en el cuerpo narrativo sin guiones ni marcas evidentes, el vaivén entre voces —todo ello genera una sensación de fluidez incontrolable, de tiempo y espacio colapsando bajo el peso de lo irremediable. Este estilo no solo refleja la confusión de los personajes, sino que introduce al lector en la experiencia misma de la ceguera y el encierro.

En el plano simbólico, abundan los elementos cargados de sentido. La comida racionada solo para cinco, cuando ya hay más del doble de internos, muestra una estructura estatal desconectada de la realidad. El colirio usado para disimular lágrimas funciona como símbolo del deseo de ocultar la vulnerabilidad. La cuerda que guía a los encargados de traer la comida representa los últimos vestigios de un orden precario en medio de la entropía.

Finalmente, el altavoz —voz oficial del poder— reaparece para recordarle a los internos las reglas de su confinamiento. Pero ya es tarde. Lo que se vive allí dentro no es orden ni seguridad, sino desamparo, hacinamiento y enfermedad. Las promesas de médicos y curas han desaparecido. Como concluye amargamente el médico, “a un médico no le bastan las manos”.

En este tramo de la novela, Saramago no solo articula una distopía sanitaria y política, sino que interroga los fundamentos de la convivencia humana. ¿Qué sucede cuando la estructura cae? ¿Qué queda cuando se pierde el lenguaje común, el cuidado, la compasión? La respuesta parece ser un retorno brutal a la condición más cruda del ser humano: el miedo, el egoísmo, la supervivencia al borde del abismo.

Este fragmento no es solo una representación narrativa de una crisis ficticia. Es una advertencia. Una mirada implacable a lo que ocurre cuando dejamos de mirar al otro como un igual. Cuando la ceguera ya no es una enfermedad, sino una elección.

Más allá del caos externo, de las estructuras colapsadas y del miedo colectivo, Ensayo sobre la ceguera también traza un mapa de la pérdida interior, de la lenta y dolorosa disolución del yo. Este fragmento evidencia cómo la ceguera no solo incapacita físicamente, sino que despoja a los personajes de sus referentes básicos de identidad.

Los personajes se van desdibujando. No tienen nombre. Son el médico, la mujer del médico, el taxista, la chica de las gafas oscuras. Esta anonimización, que ya opera desde el inicio de la novela, aquí se radicaliza en un espacio donde la individualidad se desvanece frente a la masa. No es sólo que no puedan ver al otro; es que tampoco pueden verse a sí mismos.

Este fenómeno se agudiza en la mujer del médico. Aunque ella conserva la vista, empieza a vivir la tensión de una identidad escindida: la de quien ve pero debe fingir no ver. Su mirada se convierte en una forma de poder, pero también en una fuente de culpa. En un gesto profundamente íntimo, piensa: “No tengo derecho a mirar si los otros no me pueden mirar a mí”. Esta conciencia moral la sitúa en un lugar único: el de la testigo que no puede intervenir sin delatarse, la observadora que no puede compartir lo que ve.


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