Orden (y Desorden) Externo


        Orden (y Desorden) Externo.    

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El ciclo de seis etapas que nos lleva del orden al desorden que describí anteriormente no solo se aplica internamente, al afectar la manera en que se desarrollan los acontecimientos dentro de los países, sino que también opera de igual manera entre los distintos países, con una excepción: las relaciones internacionales están impulsadas por mucho más que dinámicas del poder crudo. Esto se debe a que todos los sistemas de gobernanza interna requieren de: 1) leyes y procesos que aseguren que las normas se cumplan, son efectivas y generan acuerdo, 2) capacidad para hacer cumplir esas leyes y procesos por ejemplo el papel de la policía), 3) instancias de resolución de conflictos por ejemplo el rol de los jueces y 4) consecuencias claras y debidamente especificadas para castigar los delitos (por ejemplo, las multas y las penas de cárcel)     pero, en el plano internacional esas dimensiones no existen y no son tan eficaces para guiar las relaciones entre distintas naciones.

Cuando a título individual los países tienen más poder que los grupos de países aliados que se reúnen en estas organizaciones, la decisión última la siguen teniendo las potencias poderosas. Por ejemplo, si Estados Unidos, China u otros países tienen más poder que Naciones Unidas, entonces, a la hora de la verdad, son estas potencias las que determinan cómo se hacen las cosas, esto se debe a que el poder prevalece y que rara vez se renuncia a la riqueza o el poder cuando lo exige la misma o menos fuerza que otros.

Cuando los países poderosos tienen disputas entre sí, no contratan a un equipo de abogados para que defiendan sus casos ante un tribunal de jueces. En cambio se manejan amenazas entre sí o bien llegan a acuerdos, o bien se enfrentan abiertamente. Con mucha frecuencia, dejan a un lado el papel del derecho internacional, el orden mundial y obedecen a la ley de la selva.

        Hay cinco tipos principales de enfrentamiento o lucha entre los países: guerras comerciales/económicas, guerras tecnológicas, guerras de capital, guerras geopolíticas y guerras militares.    

  1.              Guerras comerciales/económicas:      conflictos en torno a la fijación de aranceles, restricciones a la importación/exportación de bienes/servicios y otras formas de dañar económicamente al país rival.
  2.              Guerras tecnológicas:      lucha sobre qué tecnologías se comparten y cuáles se mantienen protegidas y en secreto por motivos de seguridad nacional.
  3.              Guerras geopolíticas:      pugnas territoriales o alianzas regionales que se resuelven mediante negociaciones o compromisos explícitos o implícitos, evitando que se produzca un enfrentamiento directo.
  4.              Guerras de capital:      desarrolladas a través de herramientas financieras como las sanciones (por ejemplo cortando la entrada de dinero o crédito a un país al que se pretende castigar por el comportamiento de quienes ostentan el poder y controlan las instituciones) y limitando el acceso de dicho país a los mercados de capitales internacionales.
  5.              Guerras militares:      conflictos armados que involucran enfrentamientos bélicos y requieren por tanto el despliegue de fuerza militar/ejército.

Si bien la mayoría de estas guerras no implican disparos y muertes, todas son luchas de poder.

        En última instancia estas luchas y guerras son ejercicios que miden y establecen el poder de un lado sobre el otro. Dependiendo de la importancia de lo que está en juego y el poder relativo de los oponentes, pueden ser enfrentamientos totales o limitados. Pero una vez que comience una guerra militar, a menudo se activan también las otras cuatro formas de guerra.    

Cómo analizamos anteriormente dependiendo de distintas circunstancias, los factores determinantes que impulsan los ciclos de orden interno pueden mejorar o empeorar. En lo referido a lo externo, ocurre lo mismo. Cuando a escala global las cosas se ponen mal, los países tienen muchas más cosas sobre las que discutir. Lo que favorece los enfrentamientos y las luchas. Esa es la naturaleza humana y es por eso que detectamos un gran ciclo que también en clave internacional oscila entre buenos y malos tiempos.

Las guerras abiertas y totales suelen ocurrir cuando lo que está en juego son cuestiones existenciales (es decir aspectos tan esenciales para la existencia de un país que la gente está dispuesta a luchar y morir en defensa de tales principios) que no pueden resolverse por medios pacíficos. Las guerras que resultan de estas circunstancias dejan claro desde este momento en adelante que todo se sale con la suya y detecta la supremacía.

    Hay que tener en cuenta que siempre hay dos cosas sobre la guerra de las que uno puede estar seguro: 1) nunca salen según lo planeado y 2) siempre son mucho peores de lo que imaginamos. Es por esto que muchos de los principios que presento a continuación plantean las mejores maneras de evitar que se desaten las guerras.  Aún así, tanto si peleamos por causas buenas o malas, lo cierto es que Las guerras seguirán sucediendo. Aunque son episodios trágicos y muchas veces no tiene sentido llegar a tal extremo, algunas guerras sí merecen ser libradas porque las consecuencias de no hacerlo, por ejemplo: la pérdida de la libertad sería un resultado intolerable.

        Las Fuerzas Atemporales y Universales que Producen Cambios en el Orden Externo.    

La fuerza de un país y su capacidad militar van de la mano mientras que la fortaleza económica y la capacidad financiera para gastar más que los países rivales es una de las fuentes de poder más importantes que pude llegar a ostentar un país. De hecho fue una variable esencial para que Estados Unidos venciera a la Unión Soviética en la Guerra Fría. El éxito a largo plazo depende de mantener tanto las armas como la “mantequilla” sin acumular excesos que pongan en jaque tales circunstancias de poderío y solvencia.     En otras palabras un país debe ser lo suficientemente fuerte, financieramente hablando, para brindar a su gente un buen nivel de vida como la debida protección frente a los enemigos externos.  Los países realmente exitosos han logrado hacer esto durante doscientos y hasta trescientos años. Pero ninguno a podido garantizar por siempre esa superioridad.

El mayor riesgo de guerra militar se da cuando ambas partes tienen 1) poderes militares comparables y 2) diferencias irreconciliables y existenciales.     Cuando escribí estas líneas, quizá el conflicto potencialmente más explosivo que pude identificar a escala global sea el eventual enfrentamiento entre Estados Unidos y China por Taiwán.

La elección que enfrentan las potencias entre luchar o retroceder, es muy difícil de tomar. Ambas decisiones son costosas, pelear es muy duro en términos de vidas y dinero y retroceder siempre supone la pérdida de estatus, ya que muestra debilidad, lo que a su vez conduce a una reducción del poder e induce un proceso de declive.

        Para obtener resultados beneficiosos para todos, es necesario negociar, teniendo siempre en cuenta, que es lo más importante para nosotros y para la otra parte y, a partir de esto llegar a acuerdos.    

Las alianzas que permiten reducir relaciones de beneficio mutuo que aumentan o dividen bien la riqueza y el poder son mucho más gratificantes y menos dolorosas que las guerras que hacen que un lado someta al otro.     Ver las cosas a través de los ojos del adversario e identificar claramente cuáles son sus líneas rojas y cuáles son las nuestras. Es decir, aquello que no se puede comprometer es fundamental para que las cosas salgan bien.  Ganar significa obtener las cosas que más valoramos sin perder las cosas que deseamos retener a toda costa. Por eso es estúpido librar guerras que cuestan muchas vidas y mucho dinero y ni siquiera proporcionan beneficios notables. Eso sí por razones que explicaré a continuación estas guerras estúpidas siguen ocurriendo en forma continua.

En general, la tendencia a moverse entre relaciones de ganar-ganar (mutuamente beneficiosas) y de perder-perder (mutuamente destructivas) ocurre de manera cíclica. Es más probable que las personas y los imperios construyan relaciones cooperativas durante los buenos tiempos y es lógico que luchen cuando lleguen los malos tiempos. Si la potencia de referencia está en declive en relación con una potencia emergente, que va en ascenso,     la primera tiene una tendencia natural a intentar mantener el    statu quo y las reglas existentes mientras que la segunda querrá cambiar esas circunstancias para determinar el nuevo sistema internacional.

        Se dice que en el amor y la guerra todo vale. Lo que si de verdad esto puede aplicar al amor no se, pero sí tengo claro que la parte referida a los conflictos bélicos es del todo correcta. Un ejemplo: durante la Guerra de la Independencia de Estados Unidos, mientras los británicos se alineaban para la lucha, los revolucionarios estadounidenses escondidos tras los árboles le dispararon por detrás. Los británicos pensaron que eso era injusto y desleal pero los norteamericanos creyeron que sus rivales eran tontos y que la causa de la independencia y libertad justificaba cambiar las reglas de la guerra, esa es la cruda dinámica de este tipo de conflictos.    

Todo esto me lleva a plantear el siguiente principio     si tienes poder respeta el poder pero úsalo sabiamente.  Tener poder es bueno, pero se tiene que usar el poder con prudencia. Esto significa, por ejemplo que no siempre se tiene que obligar a otros a darnos lo que queremos, creando un orden en el que impera la intimidación con estúpidas razones del ego.     Para ser verdaderos motivos de estrategia sensata. La generosidad y la confianza son fuerzas poderosas que ayudan a producir relaciones en las que todos ganan, cuyas dinámicas son mucho más gratificantes en el largo plazo, dicho de otro modo, el “poder duro” no es siempre el camino, en ciertas circunstancias el “poder blando” puede ser muy preferible.

        Caso de Estudio la Segunda Guerra Mundial    

Ahora que tras estudiar muchos casos hemos cubierto las dinámicas y los principios que impulsan el orden (y desorden) externo me gustaría analizar brevemente lo ocurrido durante la Segunda Guerra Mundial, porque pienso que tal episodio nos proporcionó el ejemplo más reciente de la clásica dinámica que puede conducir el orden externo de la paz a la guerra. Aunque es solo un caso de los muchos que podemos estudiar, lo cierto, es que ese episodio muestra claramente cómo la confluencia de tres grandes ciclos, es decir, las fuerzas superpuestas e interelacionadas del ciclo del dinero y el crédito, el ciclo del (orden y desorden) interno y el ciclo del orden (y desorden externo) creó las condiciones para una guerra catastrófica y sentó las bases para el desarrollo de un Nuevo Orden Mundial. Si bien las historias de ese periodo son interesantes en sí mismas, también son en especial relevantes porque brindan lecciones que nos ayudan a pensar en lo que está sucediendo ahora y lo que podría suceder en el futuro. Estados Unidos y China se encuentran hoy en una guerra económica que podría evolucionar a una guerra militar, de modo que las comparaciones entre la década de 1930 y el presente nos brinda información valiosa sobre lo que podría suceder y cómo podemos evitar esa guerra que sin duda sería terrible.

        El Camino a la Guerra    

Para transmitir una imagen certera de la década de 1930, repasaré los aspectos geopolíticos que condujeron al inicio oficial de la guerra en Europa, en 1939, y el bombardeo del Pearl Harbor, en 1941. Después analizaré con más rapidez la guerra y el inicio de un Nuevo Orden Mundial en 1945, con Estados Unidos en la Cima de su poder.

La crisis económica global que se produjo tras el crack bursátil de 1929 hizo que casi que todos los países lidiaran con grandes conflictos internos referidos al reparto de la riqueza. Esto hizo que emergiesen nuevos líderes de corte más populista, autocrático, nacionalista y militarista. Esos movimientos se dieron tanto en la derecha como en la izquierda, dependiendo del país y de sus circunstancias, y ocurrieron en diverso grado, según las fortalezas y debilidades tradicionales, democráticas o autocráticas de cada nación. En Alemania, Japón, Italia y España, las circunstancias económicas eran extremadamente malas y las tradiciones democráticas estaban menos establecidas, lo que llevó a conflictos internos y externos y proporcionó un giro hacia los líderes populistas autocráticos de derechas fascistas. En la Unión Soviética y China que también soportaban circunstancias extremas y no tenían experiencia en la democracia la reacción fue a la inversa y el poder terminó girando en torno a líderes populistas autocráticos de izquierdas comunistas. Reino Unido tenía una tradición democrática mucho más fuerte y condiciones económicas menos adversas, por lo que sus políticos, si bien se volvieron más populistas y autocráticos de lo que habían sido, no llegaron a incurrir en los excesos que se dieron en otras naciones.

        Alemania y Japón    

Alemania arrastraba enormes deudas derivadas de las reparaciones que se le exigieron después de la primera Guerra Mundial pero en 1929 estaba empezando a salir adelante gracias al plan Young que preveía una considerable alivio de la carga de la deuda y contemplaba la salida en 1930 de las tropas extranjeras que ocupaban diversas regiones de Alemania. Sin embargo, la gran depresión, golpeó duramente a Alemania, que vió como el desempleo se disparó al 25%, se produjeron quiebras masivas y se disparó la pobreza. Como es típico se produjo una lucha entre populistas de izquierda (comunistas) y populistas de derecha (fascistas). El líder popular fascista, Adolf Hitler, aprovechó el sentimiento de humillación nacional que generaron las condiciones fijadas en el tratado de Versalles para cultivar el rechazo nacionalista hacia los países que impusieron tales circunstancias, tras la primera Guerra Mundial. Propuso un programa nacionalista de gobierno de 25 puntos y fue reuniendo apoyo en torno a dicho manifiesto. Como respuesta las luchas internas y ante el deseo generalizado de recuperar el orden y el poder perdido, Hitler fue nombrado canciller en enero de 1933. El partido nazi consiguió el apoyo de los industriales que temían a los comunistas. La formación también logró el respaldo popular, ganando las elecciones y consiguiendo la mayor cantidad de escaños al Parlamento Alemán (el Reichstag).

Desde entonces fue implacable contra cualquier tipo de oposición, censuró y tomó el control de los periódicos y las empresas de radiodifusión. Creó una fuerza policial secreta (la Gestapo) para erradicar y aplastar a la oposición, privó a los judíos de sus derechos de ciudadanía, se apoderó de las finanzas de la iglesia protestante y arrestó a los funcionarios de la iglesia que se le oponían, etcétera. Además declarando la superioridad de la raza aria, prohibió a los no arios la entrada en el gobierno o el sector público.

Hitler adoptó el mismo enfoque autocrático/fascista para reconstruir la economía de Alemania, impulsando grandes programas de estímulo fiscal y monetario. Privatizó las empresas estatales y alentó la inversión empresarial, actuando de forma agresiva para elevar el nivel de vida de los alemanes arios. Por ejemplo, creo Volkswagen para que los automóviles fueran asequibles y puso en marcha la construcción masiva de autopistas. Para financiar ese aumento tan importante del gasto público obligó a los bancos a comprar bonos del Estado. Las deudas que se produjeron fueron reembolsadas con las ganancias de las empresas y con la monetización de deuda por parte del banco Central (el Reichsbank). Esas políticas funcionaron bien para Hitler que se le acercaron más a sus objetivos.     Ese es otro ejemplo de cómo pedir prestado en la propia moneda y aumentar la deuda y el déficit puede ser productivo si el dinero prestado se dedica a inversiones que aumenten la productividad y produzcan un flujo de efectivo más que suficiente para pagar esa deuda.  De hecho incluso cuando no se cubre el 100% del servicio de la deuda puede ser rentable lograr los objetivos económicos del país.

En cuanto a los efectos económicos de estas políticas, lo cierto es que cuando Hitler llegó al poder en 1933 la tasa de desempleo era del 25% mientras que en 1938 el desempleo era casi inexistente. De igual modo, en los 5 años posteriores a la toma de poder, el ingreso per cápita aumentó en un 22%, mientras que entre 1934 y 1938 el crecimiento real promedio fue de más del 8% anual. La renta variable alemana se recuperó casi en un 70% hasta el inicio de la guerra describiendo una tendencia constante entre 1933 y 1938, en 1935 Hitler comenzó a reconstruir el ejército teutón, empezando por hacer que el servicio militar fuera obligatorio para los arios. El gasto militar en Alemania creció mucho más rápido que el de cualquier otro país porque la economía alemana necesitaba acceder a más recursos, y Hitler tenía las intenciones de utilizar su poder militar para expandir los dominios territoriales del país y apoderarse de tales recursos a base de anexionarse otras demarcaciones.

    Al igual que Alemania, Japón se vio excepcionalmente afectado por la depresión y como respuesta experimentó un giro autocrático.  Ante aquellas circunstancias el país asiático era en especial vulnerable porque como nación insular que no contaba con recursos naturales adecuados dependía de las exportaciones para obtener ingresos que le permitiesen importar lo que necesitaba. Cuando entre 1929 y 1931 las exportaciones cayeron alrededor del 50%, Japón sufrió una verdadera devastación económica, en 1931 Japón quebró, es decir, se vio obligado a retirar su reserva de oro, al abandonar el patrón oro y hacer flotar su moneda depreció tanto su moneda que el país se quedó sin poder adquisitivo. Esas terribles condiciones y las grandes brechas de riqueza existentes propiciaron luchas entre la izquierda y la derecha. En 1932 se produce un fuerte auge del nacionalismo y el militarismo de derechas, sobre todo por la esperanza de que el orden y la estabilidad económica pudieran restaurarse por la fuerza. El país nipón se propuso obtener los recursos naturales, petróleo, hierro, carbón y caucho y los recursos humanos es decir, mano de obra barata o directamente esclavizada que necesitaba, tomandolos de otros países por ejemplo, invadiendo Manchuria en 1931 y extendiéndose por China y por zonas de Asia durante el resto de la década. Al igual que con Alemania, se podía argumentar que el camino de la agresión militar de Japón, vinculada a obtener los recursos necesarios, fue más rentable que la práctica comercial y económica. En 1934 en algunas partes de Japón hubo una grave hambruna lo que provocó grandes turbulencias políticas y reforzó el movimiento derechista, cada vez más militarista, nacionalista y expansionista.

        En los años que siguieron la economía fascista con su control centralizado y su modelo de arriba a abajo, se fortaleció en Japon desarrollando un complejo sector militar e industrial que sirvió para proteger sus bases al este de Asia y al norte de China para apoyar las incursiones en otros países. Como también ocurrió en Alemania aunque la mayoría de las empresas japonesas seguían siendo de propiedad privada su producción estaba controlada por el gobierno.    

Qué es el fascismo? Pensemos en las tres grandes decisiones que un país tiene a la hora de fijar su modelo de gobernanza 1) toma de decisiones de abajo a arriba (democracia) o de arriba a abajo (autocrática) 2) modelo económico y sistema de producción de corte capitalista o comunista (sino socialista) y 3) paradigma social individualista (que plantea el bienestar del individuo como algo de suma importancia) o colectivista (que otorga el bienestar del conjunto a una especial relevancia). A partir de esas decisiones cada uno puede decidir qué modelo es el más apropiado para los valores y las ambiciones de su nación. En ese sentido el fascismo es autocrático, tiende a ser más capitalista en clave económica y plantea un modelo social individualista y los fascistas creen que el liderazgo autocrático de arriba a abajo en modo que el gobierno dirige la producción de empresas privadas de manera que la búsqueda particular de rentabilidad y crecimiento queda subordinada al éxito nacional concebido como la mejor forma para que el país sea más rico y poderoso.

        El Declive    

La victoria de los aliados en 1945 produjo un tremendo cambio en las dinámicas de riqueza y poder. Estados Unidos emergió como un nuevo imperio predominante en el mundo, tal como habían hecho los británicos tras Las guerras Napoleónicas. Esta vez el Reino Unido salió del conflicto armado con grandes compromisos de deuda, un imperio enorme que ya resultaba demasiado caro de mantener en relación con su rentabilidad económica, numerosos rivales que eran cada vez más competitivos y una población en la cual se apreciaba cada vez más brechas políticas derivadas de la desigualdad económica.

Fueron necesarios otros 20 años para que la libra esterlina perdiera por completo su condición de moneda mundial de reserva. Hoy en día, el idioma inglés está tan profundamente arraigado en el ámbito de las comunicaciones económicas o diplomáticas que sería difícil reemplazarlo. Pues bien, esto mismo ocurre con las monedas de reserva. Los bancos centrales y otros países llevan casi un siglo empleando la libra esterlina, de modo que a pesar del declive del Reino Unido, el poderío de la moneda tardó en remitir. En 1960 un tercio de todo el comercio internacional todavía estaba denominado en libros esterlinas. Pero desde el final de la guerra la libra estaba perdiendo estatus porque los inversores inteligentes reconocieron el gran contraste entre las condiciones financieras de un Reino Unido que iba a menos y unos Estados Unidos que iban a más. La carga de endeudamiento que soportaban las Islas era cada vez mayor y la reservas netas se reducía de modo que seguir manejando la libra era cada vez menos recomendable.

La caída de la libra esterlina fue un proceso prolongado que implicó varias devaluaciones de notable importancia. Después de que fracasaron los intentos de convertirla la libra en una moneda convertible en 1946 y 1947 la divisa se devaluó un 30% frente al dólar en 1949. Aunque esto funcionó bien a corto plazo en las dos décadas siguientes la competitividad de las Islas siguió menguando, generando nuevas tensiones en la balanza de pagos que culminaron en la devaluación de 1967. En torno a esa época el nuevo marco alemán ocupó el lugar de la libra esterlina y se erigió en la segunda moneda mundial de reserva más aceptada.

La experiencia inmediata de la posguerra dejó claro que el mundo la libra ya no disfrutaría del papel que tenía antes de la segunda Guerra mundial.

        Europa tras la segunda Guerra mundial    

Como hemos visto una y otra vez, los elevadísimos costes que se derivan de una guerra empujan a los países a crear nuevos órdenes mundiales en un intento por garantizar que tales conflictos no vuelvan a ocurrir. Por supuesto, estos nuevos órdenes mundiales giran en torno a los intereses del país vencedor, que a menudo es una potencia emergente. Tras la segunda Guerra mundial ese es el papel que le correspondía claramente a Estados Unidos. Los rasgos geopolíticos más importantes del orden de posguerra fueron los siguientes:

•     Estados Unidos se erigió en la potencia dominante, lo que la convirtió de facto en una suerte de policía global.  Naturalmente casi de inmediato surgieron tensiones entre Estados Unidos y la segunda potencia de referencia, la Unión Soviética. Estados Unidos y sus aliados formaron una alianza militar, la OTAN y los Estados soviéticos se agruparon en el Pacto de Varsovia. Ambos bloques se enfrentaron a lo largo de la Guerra Fría.

• La organización de Naciones Unidas fue establecida para resolver disputas globales. Su sede se ubicó como era habitual (en el corazón del nuevo imperio de referencia, en este caso en Nueva York). Su principal órgano de poder, el Consejo de Seguridad quedó dominado por los países vencedores de la guerra, algo que también ha sido recurrente a lo largo de la historia.

Los aspectos financieros más relevantes del nuevo orden mundial consistieron en:

• El nacimiento del sistema monetario de Bretton Woods, en New Hampshire, Estados Unidos que apuntaló el dólar como moneda de reserva.

• La creación del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial como organismos encargados de respaldar el nuevo sistema financiero internacional.

• La consolidación de Nueva York como el nuevo centro financiero mundial.

Desde la perspectiva europea, el aspecto clave del Nuevo Orden Mundial fue el cambio de un sistema de balanza de poder en el que las principales potencias europeas ocupaban un papel protagónico a un nuevo mundo en el que esas viejas potencias se mostraban eclipsadas por las nueva superpotencias que en pequeñecían el poderío del viejo continente. En especial a medida que las colonias europeas fueron logrando su independencia. Dadas estas dinámicas y aprendiendo la dura lección que dejaron las guerras mundiales, promover la unidad europea pasó a ser un valor de referencia. Con ese ímpeto se construyó el nuevo orden europeo que gradualmente dio pie al nacimiento de la Unión Europea.

El proyecto de Robert Schumann y Konrad Adenauer desarrollado junto con el resto de los padres fundadores de la Unión europea era claro. Se trataba de que una tercera guerra no fuese impensable sino materialmente imposible. El primer paso para lograrlo fue crear la comunidad europea del carbón y del acero. Aunque ese pacto puede parecer limitado era el primer paso hacia el objetivo explícito de crear una federación europea. En la declaración Shuman de mayo de 1950 proclamó lo siguiente:

La puesta en común de las producciones de carbón y de acero garantizarán de inmediato la creación de bases comunes de desarrollo económico, primera etapa de la federación europea y cambiará el destino de esas regiones que durante tanto tiempo se han dedicado a la fabricación de armas en donde ellas mismas han sido las primeras víctimas.

El proyecto de integración creó órganos supranacionales para obligar a los países a asumir las decisiones y regulaciones pactadas por los países miembros. Poco a poco las instituciones fueron adquiriendo la capacidad de recaudar impuestos, otorgar préstamos y desarrollar programas de bienestar social y económico. Inicialmente se adhirieron seis países. Pero conforme fue pasando el tiempo se unieron más, el tratado de Roma de 1957 constituyó La Unión aduanera, El acuerdo Schengen de 1985 abrió las fronteras para la libre circulación entre los países miembros y por último el tratado de Maastricht en 1992 delineo el proyecto de la unión política y económica. Como es habitual ese nuevo orden geopolítico europeo trajo consigo un nuevo orden económico financiero. El tratado de Maastricht sentó las bases para el desarrollo de una nueva moneda común, el euro, y supuso la adopción de reglas económicas aplicables a todos los países asociados, como por ejemplo el protocolo que limita a los déficit presupuestarios de las administraciones públicas.     La integración alcanza hoy un total de 27 estados miembros con sus más de 400 millones de habitantes y constituye un logro, puesto que no hace tanto tiempo muchas de estas naciones estaban en guerra. Se trata de una hazaña impresionante que además coloca la Unión europea en una posición de poderío similar a la de las demás grandes potencias mundiales.


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