Alarga tu Esperanza de Vida Parte 8 Esquema de los Tiempos Futuros.

        Alarga tu Esperanza de Vida Parte 8 Esquema de los Tiempos Futuros    

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Vamos a hacer unos cálculos. Y vamos a hacerlos siendo conservadores supongamos que cada una de esas tecnologías tan dispares que van a emerger a lo largo de los próximos cincuenta años contribuya de forma independiente a una vida más larga y sana. El control del ADN alertará a los médicos de las enfermedades mucho antes de que sean graves. Identificaremos y empezaremos a combatir el cáncer años antes. Si tienes una infección te la identificarán en cuestión de minutos. Si tu ritmo cardíaco es irregular, el asiento de tu coche te lo dirá. Un analizador de aliento detectará una enfermedad inmune en su fase de desarrollo. Las pulsaciones en un teclado indicaran un Parkinson temprano o una esclerosis múltiple.     Los médicos dispondrán de muchísima más información de sus pacientes y tendrán acceso a ella mucho antes que los segundos lleguen al centro de salud o al hospital. Los errores médicos y los diagnósticos equivocados desaparecerán. El resultado de cualquiera de éstas innovaciones podría traducirse en décadas de una vida sana prolongada.      Pero digamos que todos esos avances juntos nos dan una década.  Una vez que la gente empiece a darse cuenta de que el envejecimiento no es una parte inevitable de la vida, se cuidara mejor? Yo desde luego ya lo he hecho. Y también parece que lo han hecho la mayoría de mis amigos y de mis familiares.

Mientras avanzamos para ser los primeros en adoptar intervenciones biomédicas y tecnologías que reducen el ruido en nuestro epigenoma y controlamos nuestros sistemas bioquímicos que nos mantienen vivos y sanos, me he dado cuenta de una tendencia inequívoca a ingerir menos calorías, a reducir los aminoácidos de origen animal, a hacer más ejercicio físico y acumular más grasa parda aventurandonos en una vida fuera de la zona termoneutral.

Son remedios disponibles para la mayoría de las personas con independencia de su situación económica, y su impacto en la vitalidad está más que estudiado.     Diez años más de vida sana no es una espectativa irracional para gente que come bien y se mantiene activa. Pero vamos a dejarlo a la mitad. Vamos a decir que son cinco años.      Con eso ya se sumarían quince años.  Las moléculas que estimulan nuestro circuito de supervivencia activando nuestros genes de la longevidad han ofrecido entre un 10 y un 40 por ciento más sanos en ensayos con animales. Pero     quedemonos para nosotros el 10 por ciento, lo que nos da otros ocho años.      En total serían veintitrés años.  Cuanto tiempo falta para poder restablecer el epigenoma, ya sea mediante la ingesta de moléculas o modificando genéticamente nuestro cuerpo, igual como lo que hace mi estudiante con los ratones?     Para poder acabar con las células senecentes, ya sea con medicamentos a directamente con una vacuna? Para reemplazar órganos cultivados desde cero en animales de granja modificados genéticamente o imprimirlos en 3D? Un par de décadas . Puede que tres. Sin embargo una o todas esas innovaciones están a punto de irrumpir en la vida cada vez más larga de todos nosotros? Y, cuando eso pase cuantos años más llegaremos a tener?     El potencial máximo podrían ser siglos, pero digamos que solo son diez años.      Con eso ya son treinta y tres años.      En la actualidad la esperanza de vida media en el mundo desarrollado está un pelo arriba de los ochenta años. Sumale treinta y tres a eso.      Nos ponemos en ciento trece años, una estimación conservadora de la esperanza de vida en el futuro.  Siempre y cuando la mayoría de la población se suba al carro. Y recuerda que eso quiere decir que alrededor de la mitad de la población pasará de esa edad. Es verdad que juntos esos avances sumarán y que no todo el mundo comerá bien y hará ejercicio. Pero también     ten en cuenta que, cuanto más vivamos, más probabilidad tendremos de beneficiarnos de avances médicos radicales que ni nos imaginamos. Y los avances que ya hemos hecho no van a desaparecer.

Por eso a medida que nos acercamos al mundo de  Start Trek, por cada mes que te mantienes con vida, ganas otra semana. Dentro de cuarenta años podrían ser dos semanas. Dentro de ochenta años otras tres. Las cosas podrían ponerse muy interesantes a finales de este siglo si, por cada mes que sigues vivo, vives cuatro semanas más.

    Hoy en día, muchos de mis colegas son tan optimistas como yo, aunque no lo admitan en público. Apostaría a que un tercio de ellos toma Metformina o un estimulador de NAD (Nicotinamida Adenina Nucleotido). Unos pocos tomarán dosis bajas de rapamaicina de forma intermitente.  Ahora hay conferencias internacionales sobre intervenciones relacionadas con la longevidad cada pocas semanas y los participantes no son charlatanes, son renombrados científicos de las universidades más prestigiosas y de los mejores centros de investigación.     En esas reuniones ya no es raro oír hablar de que el aumento de diez años o más en la esperanza de vida humana cambiará a el mundo. Pero, atención, que el debate no es si esto pasará o no: el debate se centra en lo que deberíamos hacer cuando esto pase.

Si se produce la revolución médica y continuamos en el camino lineal que llevamos, alguna estimaciones sugieren que la mitad de los niños que nazcan en Japón vivirá más de ciento siete años. En Estados Unidos la edad es de ciento cuatro años. Muchos investigadores sugieren que estás cifras son demasiado optimistas, pero yo no. Podrían ser conservadoras.     Llevó mucho tiempo diciendo, que aunque lleguen a buen puerto unas cuantas de las terapias y de los tratamientos más prometedores, es razonable esperar que cualquiera que esté vivo, sano y participativo como esperariamos de una persona de cincuenta años hoy en día. Los ciento veinte años son nuestro potencial conocido,  pero no hay motivos para pensar que debe haber excepciones. Y ahora mismo digo, para que quede constancia, en parte para dejar clara mi postura y en parte porque tengo asientos preferentes para ver lo que está a la vuelta de la esquina,  Si la reprogramación celular alcanza su potencial, al final del siglo cumplir los ciento cincuenta estará a nuestro alcance.  Mientras escribo esto no hay nadie en nuestro planeta con más de ciento veinte años. De modo que tendrán que pasar varias décadas para ver si acierto y podrían pasar ciento cincuenta años ante de que alguien sobrepase ese umbral.

Pero qué hay del siguiente siglo? Y del siguiente? No es excentricidad esperar que algún día vivir ciento cincuenta sea la norma.     Y si la teoría del envejecimiento por pérdida de información es correcta puede que no haya límite por arriba; podríamos resetear el epigenoma a “perpetuidad”.

        La Advertencia de los Cien Años.    

    Cuantos son demasiados? Un informe que analizaba sesenta y cinco proyecciones científicas concluía que “la capacidad de carga” de nuestro planeta es de ocho mil millones. Esto es más o menos lo que hay ahora.  Y salvo que haya un holocausto nuclear o una pandemia letal de proporciones épicas (nada que alguien quisiera desear en su sano juicio), la población no se va a parar ahí.

Un creciente número de científicos se han unido a una realidad medioambiental aterradora: incluso con “estrategias muy estrictas.    Todavía no estamos en ese punto de no retorno de los dos grados y aún así las consecuencias son abrumadoras. El cambio climático provocado por los seres humanos está destruyendo redes alimenticias en todo el planeta y según algunas estimaciones una de cada seis especies del planeta está en peligro de extinción.  Las crecientes temperaturas han hervido vivos a los corales de nuestros océanos, incluida la gran Barrera de Coral que es más o menos de una longitud del tamaño de California, además de ser el ecosistema más diverso del planeta. Más del noventa por ciento de esa maravilla de la naturaleza Australiana sufre de blanqueamiento, lo que significa que no recibe las algas necesarias para sobrevivir.

    A estas alturas nadie puede debatir que el deretimiento de las capas de hielo del Antártico y Greolandia está subiendo el nivel del mar,  algo que la Oficina Nacional de Administración Oceanográfica y Atmosférica y otras organizaciones han avisado de que empeorará las inundaciones en zonas costeras en los años venideros, amenazando ciudades como Nueva York, Miami, Filadelfia, Houston, Fort Lauderdale, Galveston, Boston, Río de Janeiro, Ámsterdam, Bombay, Osaka, Kanton y Shangai. Al menos Mil millones de personas viven en en zonas que seguramente se verán afectadas por la subida del nivel del mar. Mientras tanto nos adentramos a huracanes, inundaciones y sequías que son cada día más frecuentes y también más severas,     la OMS calcula que ya muere al año alrededor de ciento cincuenta mil personas como resultado directo del cambio climático, y es una cifra que posiblemente se duplique en los próximos años..

Todas esas aterradoras advertencias están hechas para un mundo en el que los humanos viven una media de 75 a 80 años. Por lo tanto incluso en las versiones más pesimistas del futuro de nuestro medioambiente se están quedando cortas en cuanto al alcance del problema. No hay modelo alguno en el que alargar los años de vida y en el que esto no conduzca a un ambiente superpoblado y degradado, a más consumo y a más residuos.     A medida que vivamos más tiempo, las crisis medioambientales serán mayores.  Y esto sería solo uno de nuestros problemas. Al menos cada dos meses, recibo llamada de un político para ponerlo al día sobre los últimos avances de la biología, medicina o defensa. Casi siempre acabamos hablando de lo que le pasará a la economía a medida que las personas vivirán cuarenta años o más pasada la edad de jubilación, de los patrones de consumo, de necesidades en cuidados, de ahorros o de inversiones de grupos numerosos de personas, que viven más de cien años con bastante salud.

En colaboración con los renombrados economistas Andrew Scott de la Universidad de Londres, y Martín Ellison, de la Universidad de Oxford, estamos desarrollando un modelo para predecir el futuro. Hay un montón de variables, no todas positivas. Seguirá la gente trabajando. Qué trabajos habrá disponibles, en una era en donde el trabajo está siendo transformado por la automatización? Estarían medio siglo o más jubilados?

Algunos economistas creen que el crecimimiento económico se frena cuando un país envejece, en parte porque la gente gasta menos durante la jubilación. Qué pasará si las personas pasan la mitad de sus larguísimas vidas, sin trabajar, gastando lo mínimo para sobrevivir? Ahorrarán más? Invertirán más? Se aburrirán pronto de la jubilación y emprenderán otra profesión? Se tomarán largas temporadas sabáticas para volver al trabajo décadas después, cuando se les haya acabado el dinero? Gastarán menos en cuidados porque estarán más sanos? Gastarán más en cuidados porque vivirán mucho más? Invertirán más años y más dinero en su educación desde bien pronto? Cualquiera que asegure tener la respuesta a esas preguntas es un charlatán. Cualquiera que diga que estás preguntas no tienen importancia es un necio. No tenemos la menor idea de lo que va a pasar.     Estamos volando a ciegas y nos dirigimos directo hacia los sucesos más desestabilizadores de la economía en toda su historia.      Sin embargo eso no es lo peor.

        Lo que nos divide nos hace más fuertes    

A principios del siglo XXI, si pertenecías a la clase media americana vivías seis años más de vida.     En 2018, la brecha había aumentado, ya que el 10% de los estadounidenses más ricos viven trece años más de vida que el 10 por ciento de los más pobres.  El impacto de esa disparidad diferencial no se puede exagerar.     Solo por vivir más, los ricos se están enriqueciendo más. Y por supuesto al enriquecerse más, viven más.  Los años extra dan más tiempo para presidir el negocio familiar y para que las inversiones familiares se multipliquen exponencialmente. La riqueza no solo se invierte en empresas, además proporciona a los ricos     acceso a los mejores médicos  (hay como cinco de ellos en Estados Unidos y todos parecen acudir a ellos), nutricionistas, entrenadores personales y profesores de Yoga del mundo, y también a las terapias médicas más novedosas (inyecciones de células madre, hormonas y fármacos para la longevidad) es decir,     se mantienen sanos más tiempo y viven más, lo que les permite acumular más dinero, si cabe, a lo largo de su vida. La riqueza siempre ha sido un círculo virtuoso para las familias con la fortuna de entrar el él.  Y los ricos no solo invierten en salud,     también invierten en política,  que es uno de los grandes motivos por lo que una serie de revisiones a las leyes tributarias estadounidenses     han tenido como resultado enormes reducciones de impuestos para los ricos.  Todo esto quiere decir que a los hijos de los ricos les va de maravilla. A menos que haya una revisión a la ley tributaria al alza, les irá cada vez mejor,     tanto en relación con la cantidad heredada como con lo mucho más que vivirán respecto de los demás.  A menos que el envejecimiento se considere una condición médica, los fármacos para la longevidad serán artículos de lujo y solo los ricos podrán permitirse esos avances. Cómo los sistemas de biomonitorizacion más avanzados, la secuenciación del ADN y los análisis del epigenomas que permiten personalizar por completo los cuidados sanitarios.     Al final los precios acabarán bajando, pero a menos que los gobiernos se muevan pronto, habrá un periodo de enorme disparidad entre los ricos y el resto del mundo.

Imagina un mudo de ricos y pobres como en la edad media: un mundo en que aquellos nacidos con cierto status social, por mero capricho de la suerte, viven treinta años más que aquellos que nacieron sin los medios para comprar,     literalmente las terapias que proporcionan más esperanza de vida y ofrecen más años de vida productivos y mayores beneficios de las inversiones.  En décadas venideras, salvó que haya un problema de seguridad o una oleada mundial de protestas, seguramente veremos un aumento de la capacidad y aceptación de la edición genética, lo que le permitirá a los padres tener la opción de limitar la predisposición a enfermedades, de escoger rasgos físicos e incluso de seleccionar habilidades atléticas e intelectuales. Aquellos que deseen darles a sus hijos “el mejor comienzo posible” y con los genes de la longevidad identificados también podrán darles el mejor final posible.     Cualquier ventaja que las personas mejoradas genéticamente tengan, se verá multiplicada gracias al acceso económico a los fármacos para la longevidad, a la substitucion de órganos y de terapias médicas que todavía ni nos imaginamos.

De hecho a menos que actuemos para asegurar la igualdad, estamos a borde de un precipicio de un mundo en que los ultraricos podrían esegurarse que sus hijos, e incluso sus mascotas, vivan muchisimo más que los hijos de las personas pobres.     Sería un mundo en donde ricos y pobres estarán separados no solo por sus experiencias económicas, sino por la definición misma de la vida humana;  un mundo en el que los ricos podrán evolucionar, mientras que los pobres se quedarán en la cuneta. Sin embargo…

La única diferencia es que los seres humanos somos una especie que se distingue por adquirir y transmitir habilidades aprendidas. En los últimos doscientos años, hemos inventado el proceso llamado “método científico” que ha acelerado el avance del aprendizaje. Según está perspectiva, la cultura y la tecnología son ambas “naturales”. Las innovaciones que nos permiten alimentar a más personas, reducir las enfermedades y, sí, alargar nuestra vida sana, son naturales. Los coches y los aviones. Los portátiles y los móviles. Los perros y los gatos con los que compartimos nuestro hogar. La cama en donde dormimos. Los hospitales en donde nos cuidan cuando estamos enfermos. Todo esto es natural para una criaturas que hace mucho sobrepasaron la cifra de lo que sustentarse en condiciones que Thomas Hobbes describio como “solitarias,crueles, salvajes y cortas”.     Para mí lo único que parece antinatural (en el sentido en que nunca ha sucedido en toda la historia de nuestra especie) es aceptar limitaciones con respecto a lo que puede o lo que no puede mejorar nuestra vida.  Siempre nos hemos revelado contra los límites percibidos, de hecho la biología nos anima a hacerlo. Prolongar la vida es una mera extensión de este proceso. Y sí, tiene aparejadas consecuencias, desafíos y peligros, uno de los cuales es el aumento de la población. Sin embargo, que algo sea posible no significa que sea inevitable, porque como especie estamos obligados a responder con la innovación. De modo que la pregunta no es si los recursos naturales o antinaturales de la Tierra pueden sustentar a ocho mil millones, diez mil millones o veinte mil millones de personas, pues eso es irrelevante;     la pregunta es si los seres humanos podemos seguir desarrollando tecnologías que nos permitan estár un paso adelante del crecimiento demográfico y si podemos hacer del planeta un lugar mejor para todas las criaturas.  Así que, podemos hacerlo? Sin lugar a duda. Y el último siglo es prueba de ello.

        Personas, personas, personas.    

    Así es como al final de la segunda década del siglo XXI, hemos llegado a tener más de siete mil millones de habitantes en el planeta y cada año tenemos una persona más por metro cuadrado.  Sin embargo a lo largo de las últimas décadas el ritmo de crecimiento demográfico ha ido decayendo de forma sistemática, sobretodo porque las mujeres con mejores condiciones económicas y más oportunidades sociales, por no hablar de más derechos humanos básicos, eligieron tener menos hijos.     Hasta finales de los años sesenta del siglo pasado cada mujer del planeta tenía una media de cinco hijos. Desde entonces esa media ha bajado drásticamente, y con ella, el ritmo al que crece nuestra población.  El porcentaje de crecimiento demográfico ha caído de alrededor del 2% que había en 1970 al 1% actual. Según algunos investigadores,     en el año 2100 el porcentaje de crecimiento podría descender hasta una décima parte del 1%.  A medida que esto sucede, los demografos de Naciones Unidas anticipan que nuestra     población global se estancará, alrededor de los once mil millones de habitantes en el año 2100; luego se detendrá y empezará a caer.  Aunque soy muy optimista con respecto a las posibilidades de una vitalidad prolongada, no lo soy tanto. No conozco a algún científico respetable que lo sea.     Cien años es una esperanza de vida razonable para las personas que están vivas en la actualidad. Ciento veinte años es nuestro potencial conocido y muchas personas lo podrían alcanzar; una vez más, con buena salud si las tecnologías en desarrollo dan sus frutos.  Si la reprogramación epigenética alcanza todo su potencial o alguien inventa alguna otra forma de convencer a las células a que vuelvan a ser jóvenes, ciento cincuenta años serían posibles para alguien que estuviera viviendo en el planeta ahora mismo.     Y por último no hay límite biológico. Ninguna ley que diga que tenemos que morir a una determinada edad.  Sin embargo esas dianas caerán de una a una, y despacio.     Mientras, la muerte seguirá siendo parte de nuestra vida durente muchísimo tiempo, aunque se vaya retrasando en las próximas décadas.

Siempre será posible proporcionarle a la gente un trabajo productivo y significativo, solo piensa en Boston, la ciudad en dende vivo. Desde que abrió la primera universidad estadounidense en 1724 y la primera oficina de patentes en 1790, la ciudad ha sido la cuna de la invensión del teléfono, de la cuchilla de afeitar, del radar, del horno de microondas, de internet, de Facebook, de la secuenciación del ADN y de la edición del genoma. Solo en 2016, en Boston se constituyeron 1,869 empresas emergentes y el estado de Massachusetts registro más de siete mil patentes, casi el doble per Capita que California. Es imposible saber cuánta riqueza y cuantos trabajos ha generado Boston para Estados Unidos y para el mundo en su conjunto,     pero en 2016 solo la industria robótica dió trabajo a más de cuatro mil setecientas personas en 122 empresas emergentes y género más de mil setecientos millones de dólares en beneficios para el estado.      La mejor forma de crear trabajos para las personas productivas de cualquier edad, incluso para los menos especializados, es crear y atraer empresas que contraten a trabajadores muy cualificados.  Si quieres un país en el que tus ciudadanos prosperen y sean la envidia de los demás, no reduzcas la edad de jubilación ni pongas trabas a los tratamientos médicos para los ancianos con la esperanza de ahorrar dinero.     En cambio haz que tú población esté sana y siga siendo productiva y destruye todas las barreras para la educación y la innovación.

La evidencia sugiere que si se retrasa el envejecimiento, todos los peligros relacionados con enfermedades mortales o discapacidades se reducirán a la vez. Para que conste, eso es justo lo que sugiero que le sucederá a la carga total de enfermedades a medida que desaceleremos o incluso revirtamos el envejecimiento.     El resultado será una actualización del sistema de cuidados sanitarios tal y como lo conocemos ahora. Los tratamientos que antes costaban cientos de miles de dólares podrían acabar obsoletos gracias a pastillas que cuesten unos centavos. La gente pasará los últimos días de su vida en casa, con su familia,  en vez de acumulando facturas costosisimas en centros pensados para “envejecer donde toca”. La idea de una época en que se gastaban billones de dólares en intentar estirar unas cuantas semanas la vida de personas que ya estaban al borde de la muerte dejara de ser algo obligado. El “dividendo de paz” que obtendremos al ponerle fin a nuestra larga guerra a las enfermedades individuales será enorme.     A largo plazo según estimaciones los beneficios potenciales del envejecimiento retardado ascenderían a más de siete billones solo en Estados Unidos.  Y es una estimación a la baja basadas en mejoras modestas en los porcentajes de personas mayores que viven sin enfermedades o incapacidades. Aunque sea cual sea la cifre en dólares,     los “beneficios se acumularán de prisa” y se extenderán a las generaciones futuras porque una vez que sabes cómo curar el envejecimiento, el conocimiento no va a desaparecer.  Aunque solo reinvirtieramos una pequeña cantidad de ese dividendo en investigación, entraríamos en una nueva etapa dorada de descubrimiento. Ese descubrimiento estaría megacargado cuando despleguemos un enorme ejército de mentes brillantes no solo luchando para prolongar la vida humana, sino para combatir muchos otros desafíos a los que ya nos encontramos, como el calentamiento global, el aumento de las enfermedades infecciosas, la adopción de energías limpias, la mejora a un acceso a la educación de mejor calidad, proporcionar seguridad alimentaria y evitar extinciones. Todos son desafíos a los que podemos enfrentarnos con eficacia en un mundo que gasta decenas de billones de dólares al año en combatir enfermedades relacionadas con el envejecimiento una a una. Ahora mismo mientras gran parte de nuestro capital intelectual está dedicado tratar enfermedades en centros hospitalarios, hay miles de laboratorios de todo el mundo con millones de investigadores, que aunque parezca mucho, globalmente, los investigadores son una parte del 1

porciento de la población.     A qué velocidad podría avanzar la ciencia si liberamos aunque fuera una pequeña parte del capital físico e intelectual que está anclado en hospitales y clínicas, tratando enfermedades con una medicina apagafuegos?.  Ahora añade a las filas de este ejército el poder intelectual combinado de hombres y mujeres que están siendo discriminados por su edad, por las ideas sociales de “la edad adecuada para jubilarse” y por las Enfermedades que les arrebatan la capacidad física e intelectual de involucrarse como antes.     Muchas personas de setenta y ochenta años volverían al mundo laboral para hacer algo que siempre han deseado,  para ganar más dinero de lo que ganaban o para ayudar a su comunidad como voluntarios o criar a sus nietos, tal como ha hecho mi padre.     Con el dinero ahorrado evitado unos cuidados sanitarios carísimos, se podrían conceder becas de formación durante unos años para que la gente mayor de sesenta pueda volver a estudiar y empezar en la profesión que siempre desearon, pero a la que no pudieron acceder por haber tomado las decisiones equivocadas o simplemente porque la vida se las torció.  Con personas activas de más de setenta años en el mundo laboral, imagina las experiencias que pudieran compartir, la fiabilidad del conocimiento institucional y los líderes tan sabios que pudieran surgir.     Algunos problemas que hoy parecen inacabables se verían muy distintos al enfrentarlos con tremendos recursos económicos e intelectuales que ofrece la vitalidad humana prolongada.  Éste podría ser realidad si todos nos involucramos en éste mundo con nuestra mejor versión.

Seneca que fue contemporáneo de Jesús en la antigua Roma, le suplicaba a sus seguidores que se detuvieran a oler las rosas «la vida es muy corta y angustiosa para quienes olvidan el pasado, descuidan el presente y temen al futuro. Para las personas que no aprecian la vida «el tiempo se estima muy barato… de hecho sin valor alguno. «Se lamentó “hay personas que no saben lo valioso que es el tiempo”. Tal vez está sea la ventaja social de la vida prolongada, y podría ser la mejor ventaja de todas. Tal vez cuando no temamos al paso del tiempo, bajaremos el ritmo, tomaremos una honda bocanada de aire y seremos samaritanos estoicos. Las decisiones que tomemos ahora mismo marcarán que futuro queremos.     Es importante evitar enfermedades e incapacidades, siendo esto posiblemente lo que más impacto tendrá a la hora de evitar una crisis global precipitada por el cambio climático, cargas económicas desorbitados y futuras revueltas sociales.  Tenemos que hacerlo bien. Porque nunca hemos estado ante una elección más crucial en toda la historia de nuestra especie.

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Tomando en cuenta que cuanto más vivamos, más probabilidades tendremos de beneficiarnos de los avances médicos radicales que ni nos imaginamos, y los avances que ya hemos hecho no van a desaparecer

Si la reprogramación celular alcanza su potencial, al final del siglo XXI cumplir los ciento cincuenta estará a nuestro alcance

Además cualquier ventaja que las personas tengan por mejora genética, se verá multiplicada gracias al acceso a los fármacos de la longevidad, a la substitución de organos y a terapias médicas.

“haz que tu población esté sana y siga siendo productiva y destruye todas las barreras para la educación y la innovación».

El resultado sería un cambio en los cuidados sanitarios. Tratamientos que antes costaban miles de dólares quedarán obsoletos y serán sustituidos por centavos de tal forma que la gente pasará sus últimos días de su vida en casa, con su familia, como mi propio padre.

En el 2100 los beneficios del envejecimiento retardado ascenderán a más de siete billones de dólares. Y los conocimientos para curar el envejecimiento no van a desaparecer, sino que se acumularán.


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