BY Pedro Mosiño Díaz.
DUODÉCIMA PARTE.
SÁBADO 20 DE SEPTIEMBRE 2025
Las páginas 130 a 133 de Saramago nos sitúan nuevamente en un terreno donde la condición humana se revela en su crudeza y complejidad. El autor nos confronta con la intersección entre deseo, poder y vulnerabilidad, mostrando cómo las jerarquías sociales y las relaciones de fuerza emergen incluso en circunstancias extremas, cuando la vida parece reducida a su mínima expresión: el hambre, la humillación y la necesidad de supervivencia. La narrativa expone cómo la voluntad individual se ve sometida a las presiones de un entorno hostil, y cómo la libertad se transforma en un recurso escaso, delimitado por la amenaza constante y la violencia latente.
En este fragmento, la dinámica entre los personajes ilustra la tensión entre la acción voluntaria y la coerción. La decisión de la mujer del médico y la complicidad de la chica de las gafas oscuras generan un espacio donde el consentimiento y la solidaridad se mezclan con la estrategia de supervivencia. Aquí, Saramago propone una reflexión filosófica sobre el papel del deseo y la ética: los actos de entrega o de conformidad no siempre responden a la obediencia ciega ni al cálculo racional, sino a una lógica interna de protección, empatía y resistencia. La observación de la intimidad, con sus silencios, sus gestos mínimos y su delicadeza, revela que incluso en los escenarios más degradantes, persiste un núcleo de humanidad que desafía la brutalidad externa.
El recorrido de las mujeres por los corredores, guiadas por la mujer del médico, ofrece otra capa de reflexión: la acción física se convierte en metáfora del tránsito entre opresión y agencia limitada. Aunque su cuerpo y su voluntad están expuestos a la violencia de los ciegos que las rodean, la organización, la solidaridad y la cautela marcan su resistencia. La escena, narrada con detalles casi ceremoniales, cuestiona la relación entre cuerpo y poder, señalando que la vulnerabilidad física no elimina la capacidad de decisión ni la afirmación de la identidad moral. Saramago sugiere que la ética se manifiesta no solo en lo que se hace, sino en la manera de enfrentarse a lo inevitable, incluso cuando la violencia y el abuso parecen inevitables.
Finalmente, estas páginas nos invitan a una reflexión sobre la memoria, el testimonio y el lenguaje del cuerpo. Las conversaciones susurradas, los gestos delicados y las decisiones compartidas entre las mujeres crean un espacio simbólico donde la comunicación trasciende la palabra y se convierte en acto de resistencia. La narrativa de Saramago nos recuerda que, aun en el confinamiento, la injusticia y la degradación, la conciencia humana persiste en su búsqueda de sentido, empatía y dignidad. La mirada filosófica nos obliga a preguntarnos: ¿hasta qué punto nuestra humanidad se mide por la capacidad de sostener la moral frente a la violencia y la necesidad? Estas páginas, aunque perturbadoras, son una meditación profunda sobre el límite entre la supervivencia y la ética, entre el cuerpo y el alma, entre el poder impuesto y la autonomía que aún se puede ejercer en silencio.
La humanidad bajo la brutalidad: reflexión sobre el dolor y la resistencia
En las páginas 134 a 138, Saramago nos enfrenta a la cara más cruda de la violencia y la humillación, mostrando hasta qué punto la supervivencia puede implicar el sometimiento del cuerpo y la mente. La narración nos sumerge en un espacio donde el poder, la dominación y el abuso sexual se entrelazan con la vida cotidiana de los personajes, planteando una reflexión dolorosa sobre la vulnerabilidad humana. La escritura de Saramago, precisa y detallada, no nos permite evadirnos; nos obliga a observar la degradación, pero también la resistencia, la solidaridad y la compasión que persisten incluso en las circunstancias más extremas.
La mujer del médico emerge como un símbolo de humanidad frente al horror. Su acción de lavar a la ciega de los insomnios y a las demás mujeres tras las agresiones representa la reafirmación de la dignidad y la moralidad, incluso cuando el entorno parece completamente hostil. Este acto, sencillo en apariencia, es un gesto de restauración de la identidad y del cuidado frente a la violencia sistemática. Saramago subraya así la importancia de la empatía y de la conciencia ética en la supervivencia: no solo se trata de resistir físicamente, sino de mantener la capacidad de reconocer el dolor ajeno y actuar para mitigarlo, aunque sea con recursos limitados.
El contraste entre la brutalidad de los ciegos y la determinación de las mujeres revela una tensión central: la vulnerabilidad no implica necesariamente pasividad absoluta. La narrativa muestra cómo el sufrimiento extremo genera reacciones diversas, que van desde la desesperación hasta la solidaridad silenciosa. La manera en que la mujer del médico organiza la ayuda y protege a sus compañeras demuestra que, incluso en contextos de violencia sistemática, los seres humanos pueden ejercer agencia y cuidado. Este cuidado se convierte en un acto de resistencia, una forma de subvertir la lógica del abuso y de afirmar la dignidad frente a la opresión.
Asimismo, Saramago nos invita a reflexionar sobre la memoria del trauma y la significación del dolor. La muerte de la ciega de los insomnios se presenta como un hecho inevitable y trágico, pero también como un recordatorio de que la violencia deja marcas profundas, tanto físicas como psicológicas. La autora muestra que el testimonio de lo vivido y el acto de cuidar, aunque simbólico, permiten que el sufrimiento no quede reducido al anonimato de la opresión: es un registro silencioso de resistencia y de humanidad que sobrevive al horror.
En última instancia, estas páginas nos confrontan con preguntas universales sobre ética, poder y supervivencia. Nos muestran cómo la dignidad humana puede persistir incluso en los momentos más degradantes, cómo los actos de cuidado y solidaridad se convierten en formas de resistencia y cómo, frente al dolor extremo, la humanidad no desaparece por completo. La escritura de Saramago nos obliga a mirar sin evasión, a reconocer la brutalidad, pero también a valorar la fuerza silenciosa de quienes sostienen la moral y el afecto en medio de la adversidad.
El horror cotidiano: reflexión sobre la violencia sistemática y la resistencia
En las páginas 139 a 140, Saramago nos enfrenta a una de las manifestaciones más extremas de la brutalidad humana: la violencia sexual como instrumento de control y sometimiento. La llegada de los hombres malvados a exigir el “tributo” de las mujeres de la segunda sala evidencia un patrón de abuso sistemático, en el que la reiteración convierte la violencia en un acto casi ritual, despojado de cualquier empatía o humanidad. La narrativa muestra cómo, en este contexto de poder absoluto y deshumanización, la vida y la dignidad de las mujeres son subordinadas a los deseos de los agresores, quienes actúan sin restricción, confiando en la impunidad que les brinda la ceguera literal y simbólica de todos los que podrían intervenir.
Saramago destaca, a través de la voz de la mujer del médico, la existencia de un contrapeso moral incluso en los escenarios más desesperados. Aunque consciente de la brutalidad que se avecina, ella se mueve con decisión, observando, evaluando y protegiendo a las mujeres dentro de lo posible. Esta estrategia silenciosa y prudente no elimina el sufrimiento, pero introduce una lógica distinta: frente al caos y al abuso, surge la resistencia, pequeña y aparentemente limitada, que mantiene vivo un sentido de justicia y cuidado. La mujer del médico representa la lucidez ética frente a la barbarie, un contraste que enfatiza cómo la violencia no es sólo física, sino también psicológica y simbólica, afectando la voluntad y la memoria de las víctimas.
La descripción de Saramago de los horrores infligidos —los gritos, las súplicas, los llantos y la humillación constante— evidencia la magnitud del sufrimiento y la degradación a la que son sometidas las mujeres. Sin embargo, la narrativa también subraya la complejidad de la respuesta humana ante la violencia: miedo, resignación, solidaridad y hasta cierta forma de organización silenciosa entre las víctimas. Incluso en medio de la desesperanza, se vislumbra un hilo de humanidad, representado en los gestos de cuidado y estrategia que la mujer del médico ejecuta.
El autor, con un estilo directo y sin concesiones, nos confronta con una verdad incómoda: la violencia sistemática busca no solo destruir cuerpos, sino también quebrar la voluntad, el espíritu y la memoria de quienes la padecen. Sin embargo, la historia demuestra que, incluso en los escenarios más inhumanos, los actos de cuidado, la resistencia ética y la solidaridad preservan un espacio de dignidad. La mujer del médico encarna esa persistencia, recordándonos que, aunque las circunstancias sean extremas, es posible mantener un núcleo moral que desafía la brutalidad.
En conclusión, esta sección de la obra no solo describe la atrocidad de la violencia sexual como mecanismo de dominación, sino que también reflexiona sobre la capacidad humana de resistencia y resiliencia. Nos obliga a confrontar la fragilidad de nuestra condición frente al abuso del poder, y al mismo tiempo, nos invita a valorar los actos de ética, cuidado y humanidad que sobreviven incluso en los entornos más opresivos. Saramago, con su narrativa incisiva y detallada, nos recuerda que el horror puede ser cotidiano, pero la dignidad y la resistencia siguen siendo posibles, aun cuando la violencia parece absoluta.
En estas páginas, Saramago nos enfrenta a una de las manifestaciones más extremas de la brutalidad humana: la violencia sexual como instrumento de control y sometimiento. La llegada de los hombres malvados a exigir el “tributo” de las mujeres de la segunda sala evidencia un patrón de abuso sistemático, en el que la reiteración convierte la violencia en un acto casi ritual, despojado de cualquier empatía o humanidad. La narrativa muestra cómo, en este contexto de poder absoluto y deshumanización, la vida y la dignidad de las mujeres son subordinadas a los deseos de los agresores, quienes actúan sin restricción, confiando en la impunidad que les brinda la ceguera literal y simbólica de todos los que podrían intervenir.
Desde el punto de vista de las víctimas, se percibe una compleja mezcla de terror, resignación y desconcierto. Las mujeres saben lo que les espera, y el miedo se intensifica no solo por la violencia física sino por la anticipación de la orgía y la desvergüenza que acompaña a los asaltos. La narrativa refleja cómo, incluso en medio de la humillación extrema, las mujeres intentan preservar algo de su autonomía, aferrándose a gestos mínimos de resistencia y solidaridad entre ellas. La mujer del médico, en particular, encarna la lucidez y la estrategia, moviéndose con determinación para proteger a sus compañeras y garantizar un mínimo de dignidad.
Desde el punto de vista de los agresores, se evidencia una dehumanización total, reforzada por la ceguera física y la impunidad que les permite reducir a las mujeres a meros objetos de deseo y control. La narración describe su conducta con crudeza, mostrando cómo la repetición de los actos de violencia convierte a la brutalidad en rutina, y cómo la despersonalización de las víctimas facilita la perpetuación del abuso. La falta de empatía y la exaltación del poder sobre los cuerpos ajenos reflejan un vacío moral y emocional, un contraste absoluto con la resistencia silenciosa de las mujeres.
También es importante considerar el punto de vista ético y social, que Saramago introduce implícitamente. La obra nos obliga a reflexionar sobre las estructuras de poder que permiten que la violencia sistemática sea posible: la desigualdad, la falta de control, la impunidad y la indiferencia de los que podrían actuar como vigilantes. Incluso la figura del médico y del viejo de la venda negra, aunque ciegos, representan la posibilidad de intervenir con humanidad y cuidado, demostrando que el reconocimiento del sufrimiento ajeno y la acción ética son posibles aún en entornos de opresión extrema.
Por último, desde un punto de vista literario, el autor nos confronta con la crudeza de la experiencia humana, sin eufemismos ni censura, mostrando cómo la narrativa puede convertirse en un espejo de la moralidad y de la resistencia. El estilo directo, la descripción detallada de los hechos y la alternancia entre las voces de víctimas y agresores crean un efecto de tensión constante, invitando al lector a reflexionar sobre la fragilidad de la dignidad humana y la importancia de la solidaridad y la ética incluso en los contextos más extremos.
En conclusión, esta sección de la obra no solo describe la atrocidad de la violencia sexual como mecanismo de dominación, sino que también refleja la complejidad de las respuestas humanas frente a la barbarie. A través de los diferentes puntos de vista, Saramago nos obliga a confrontar la fragilidad y la resistencia, el abuso y la solidaridad, recordándonos que incluso en el horror más absoluto, la ética, la memoria y la humanidad pueden sobrevivir.