BY Pedro Mosiño Díaz.
DÉCIMA PRIMERA PARTE.
SÁBADO 13 DE SEPTIEMBRE 2025
En el fragmento 121 a 123, Saramago no se limita a describir la enfermedad, la suciedad o la falta de alimentos: nos enfrenta a una verdad más honda, casi insoportable. El hambre y la miseria se convierten en símbolos de la fragilidad humana, y el encierro deja de ser un simple espacio físico para volverse una metáfora del alma: un lugar donde los límites éticos se difuminan, donde la supervivencia desplaza a la solidaridad, y donde la esperanza se fragmenta en migajas de pan duro robadas en la oscuridad.
El hecho de que entre los trescientos ciegos solo hubiera un médico, y que además fuese un oculista —inútil en un mundo donde todos han perdido la vista— se presenta como una ironía amarga. Pero más allá del sarcasmo, esta situación refleja la inutilidad del conocimiento especializado cuando se pierde la base de la humanidad. ¿De qué sirve la ciencia, la técnica o la experiencia, si las condiciones mínimas de dignidad y compasión han desaparecido? Saramago parece sugerir que, sin un suelo ético, todo conocimiento se vuelve estéril.
La descripción de los dos enfermos de cáncer que fueron confinados bajo la excusa de una supuesta “democracia” revela otra capa de reflexión. ¿Qué clase de igualdad es aquella que aplica la ley con la misma dureza al sano y al moribundo? Aquí se plantea una crítica al pensamiento burocrático, que confunde justicia con homogeneidad, y que reduce al ser humano a una cifra dentro de un cálculo administrativo. Esta falsa democracia, que niega la diferencia y la compasión, es una forma de violencia más cruel que la física: es el asesinato del sentido.
El hambre aparece entonces no solo como carencia biológica, sino como una fuerza corrosiva que deshace los vínculos sociales. Las discusiones entre las salas, los reproches hacia los castigados y la sospecha de que algunos ocultaron objetos de valor, no son simples escenas de miseria: son radiografías de cómo el instinto de supervivencia degrada la noción de comunidad. La colectividad, que en teoría debería ser fuente de apoyo, se convierte en un campo de batalla en el que el prójimo es visto como un rival por un pedazo de pan.
El castigo impuesto a la sala que protestó sintetiza la lógica del poder: la violencia se ejerce no solo sobre los cuerpos, sino sobre la moral. El hambre como sanción no pretende únicamente disciplinar, sino quebrar el espíritu colectivo, instaurar la desconfianza y asegurar que cada uno se encierre en su miedo. La lección que se impone no es simplemente “no protestes”, sino “nadie vendrá a ayudarte”. La soledad se convierte en norma, y con ella, la dignidad se disuelve.
Desde una perspectiva filosófica, este fragmento encierra una advertencia inquietante: la condición humana es siempre frágil, y bajo la presión del hambre y del miedo, las estructuras de ética y solidaridad se desploman con facilidad. La ceguera, aquí, no es solo la incapacidad de ver con los ojos, sino la incapacidad de reconocer al otro como un igual en el sufrimiento. Cuando el otro se reduce a un competidor por la supervivencia, la humanidad se fragmenta en islas solitarias, incapaces de reconocerse mutuamente.
Quizá lo más perturbador no sea la violencia de los guardias ni la corrupción de los internos, sino el eco que esta narración despierta en la realidad. Cada lector puede encontrar en estas páginas un espejo incómodo: ¿cuántas veces, en nombre de la prudencia o la paciencia, hemos justificado la injusticia? ¿Cuántas veces hemos permitido que la necesidad o el miedo nos hagan callar, mientras alguien más es privado de lo poco que le queda?
En las páginas 124 a 126, de Ensayo sobre la ceguera, José Saramago nos enfrenta a un dilema brutal: el poder ejercido desde la violencia se transforma en tiranía que degrada y deshumaniza. Los ciegos malvados, que en un inicio exigieron bienes materiales, pasan luego a reclamar cuerpos, dejando ver que, cuando se corrompe la ética, no hay límite en las formas de sometimiento. El trueque de mujeres por comida se vuelve un espejo oscuro donde la necesidad se cruza con la dignidad, mostrando que el hambre, en determinadas circunstancias, puede ser un instrumento de esclavitud más poderoso que las cadenas físicas. Aquí la reflexión central no es únicamente sobre la injusticia, sino sobre la rapidez con la que se desmoronan los principios cuando la supervivencia entra en juego.
Resulta significativo que la primera respuesta de las mujeres haya sido la indignación y la resistencia. Se alzaron voces contra la humillación, se denunciaron las actitudes de los hombres como cómplices de proxenetismo y se apeló a la dignidad femenina como un límite infranqueable. Sin embargo, a medida que el debate avanza, aparece un silencio pesado, la intuición de que la resistencia moral, aunque justa, no podrá sostenerse frente al hambre y la violencia. La declaración de la mujer de cincuenta años que se ofrece a ir, como antes lo había hecho la esposa del médico, refleja una dolorosa paradoja: el sacrificio personal se convierte en el único camino posible para preservar a otros, aunque ello suponga cargar con la peor de las humillaciones. Así, Saramago desnuda la lógica del poder: los opresores no necesitan vencer con fuerza bruta si logran que los oprimidos, por necesidad, se ofrezcan voluntariamente al sacrificio.
Desde una perspectiva filosófica, este episodio plantea una cuestión inquietante: ¿dónde se sitúa la frontera entre la libertad y la necesidad? Spinoza decía que el hombre cree ser libre porque ignora las causas que lo determinan; aquí, las mujeres deciden «ir», pero su decisión no nace de una voluntad libre, sino de una coacción disfrazada de elección. El hambre, la amenaza y la fragilidad social anulan la autonomía, reduciendo el cuerpo humano a mercancía. La frase del hombre que asegura que su esposa no se someterá porque la dignidad no tiene precio revela una verdad profunda: cuando se cede ante lo intolerable, lo que se pierde no es solo el cuerpo, sino el sentido mismo de la vida y de lo humano. No obstante, este mismo principio ético choca con la realidad: mantener la dignidad puede equivaler a condenar a los seres queridos a la inanición. Aquí Saramago expone el dilema trágico que atraviesa toda condición humana: la tensión entre la ética y la supervivencia.
Más allá de lo inmediato, el texto obliga a pensar en la fragilidad de nuestras estructuras morales. Lo que parece sólido —la solidaridad, la justicia, el respeto a la mujer— se resquebraja cuando se tambalean las condiciones mínimas de existencia. Pero, al mismo tiempo, también revela una verdad inesperada: aun en medio del derrumbe, brotan chispazos de conciencia, como cuando las mujeres confrontan a los hombres con la pregunta irónica de si ellos aceptarían la misma condición. Esa ironía hiriente pone de manifiesto la hipocresía masculina y desnuda la desigualdad estructural que atraviesa las relaciones de poder y de género. En ese momento, la palabra se vuelve un arma más poderosa que el hambre, aunque solo por un instante, porque al final la violencia material se impone sobre la fuerza del discurso.
Este episodio puede leerse también como una alegoría de la historia humana: los poderosos exigen tributos, primero materiales y luego corporales; los débiles se dividen entre la resistencia y la resignación; y, finalmente, alguien, generalmente los más vulnerables —mujeres, pobres, marginados— terminan cargando con el peso del sacrificio. Es la repetición cíclica de un patrón de dominación que atraviesa siglos y culturas. La ceguera aquí no es únicamente la falta de visión física, sino la ceguera moral de una sociedad que normaliza la explotación y que encuentra justificaciones para lo injustificable.
En definitiva, las páginas 124-126 son un espejo de nuestra condición humana cuando es despojada de sus ropajes civilizatorios. El hambre se convierte en un verdugo silencioso que doblega conciencias, la dignidad se ve arrinconada por la urgencia, y el cuerpo femenino vuelve a ser el campo de batalla donde se disputan el poder, la humillación y el sacrificio. Saramago no describe únicamente una distopía literaria, sino que lanza una advertencia: la barbarie no está en un futuro hipotético, sino latente en la fragilidad de nuestra convivencia. Basta con que las condiciones cambien —un colapso, una catástrofe, una crisis extrema— para que lo humano se tambalee y lo inhumano asome sin máscara.
En las páginas 127-129, Saramago profundiza en la interacción entre moralidad, supervivencia y dignidad humana, exponiendo de manera descarnada la tensión entre instinto de conservación y códigos éticos. La conversación entre el médico y el primer ciego evidencia cómo el concepto de orgullo masculino, comúnmente percibido como un principio inmutable, se ve erosionado frente a la brutal realidad de la escasez y la amenaza de muerte. La moral, dice el ciego, se adapta a las circunstancias: la decisión de la mujer de acompañarlo no nace de un principio abstracto de justicia, sino de la necesidad de garantizar la supervivencia. Aquí, Saramago nos confronta con la pregunta filosófica clásica sobre la relación entre ética y necesidad: ¿es la moral una guía universal, o solo una estructura que se despliega mientras no se comprometa la propia existencia?
La intervención de la chica de las gafas oscuras introduce una dimensión aún más compleja: la subjetividad del juicio moral y la experiencia de la dignidad. Al ofrecer alimentar al primer ciego y a su esposa, plantea un dilema entre la obligación impuesta y la integridad personal: el pan que se ofrece pierde su sabor si se mantiene la sensación de humillación. Esta reflexión apunta a un principio fundamental de la filosofía ética: no basta con satisfacer necesidades básicas si la acción destructiva sobre el espíritu y la conciencia acompaña el acto. La dignidad, en este contexto, se convierte en un bien intangible, cuya pérdida no puede compensarse con alimento ni seguridad física.
El episodio de la mujer del primer ciego, que desafía la autoridad de su esposo y afirma que hará lo mismo que las demás mujeres, ejemplifica el conflicto entre poder, autonomía y restricción social. La ceguera de ambos cónyuges se convierte en metáfora: no solo es la falta de visión física, sino también la incapacidad de percibir la jerarquía moral que hasta entonces había regulado sus relaciones. La resistencia de la mujer, seguida por la decisión de otras, muestra cómo la autonomía puede surgir incluso en condiciones extremas, aunque siempre bajo la sombra de la coerción y la violencia implícita. En términos filosóficos, Saramago plantea la tensión entre libertad de acción y determinismo contextual: la elección es real, pero nunca completamente libre, moldeada por el entorno de opresión y necesidad.
Asimismo, el método rotativo impuesto por los hombres evidencia la racionalización de la opresión: la violencia se organiza y se sistematiza, convirtiendo la humillación en un proceso casi mecánico. Sin embargo, esta sistematización no elimina el efecto psicológico y ético sobre las mujeres; por el contrario, intensifica la experiencia de vulnerabilidad y la necesidad de adaptación, haciendo que la elección voluntaria se confunda con la estrategia de supervivencia. El relato de la chica de las gafas oscuras que ofrece su compañía al viejo de la venda negra subraya otra dimensión de esta dialéctica: la caridad, entendida como entrega desinteresada, se transforma en un acto que desafía expectativas y prejuicios. La verdadera fortaleza, sugiere Saramago, no reside en la fuerza física ni en la belleza, sino en la decisión consciente de actuar con humanidad en un entorno que la niega.
Finalmente, el texto revela cómo la interacción entre cuerpos y deseos se ve mediatizada por el poder y la necesidad. La sexualidad, el placer y la entrega se convierten en territorios de negociación moral, donde la libertad individual se encuentra siempre condicionada por factores externos. Saramago, de manera filosófica, nos recuerda que el ser humano no puede ser reducido a su biología ni a sus instintos: la complejidad ética de la acción y la conciencia individual sigue siendo central, incluso en circunstancias extremas. La experiencia de los cuerpos que se tocan lentamente, con delicadeza, dentro del marco de la supervivencia y el deber, evidencia la capacidad humana de mantener la sensibilidad, la compasión y el juicio moral, aunque sometidos a condiciones de degradación física y moral.
En conclusión, estas páginas son un análisis profundo de la condición humana ante la catástrofe: exploran cómo la dignidad, la moral y la autonomía se enfrentan a la coerción, el hambre y la violencia. La reflexión de Saramago sobre la complejidad de las relaciones de poder y la interacción entre necesidad y ética plantea preguntas universales sobre la libertad, la justicia y la humanidad. Incluso en la ceguera, física o moral, persiste la capacidad de elegir, de resistir y de actuar éticamente, aunque estas elecciones sean siempre parciales y condicionadas. La obra nos invita a considerar que la verdadera luz de la conciencia no reside en los ojos, sino en la fuerza del juicio moral frente a la adversidad.