By Pedro Mosiño Díaz.
DÉCIMA PARTE.
SÁBADO 06 DE SEPTIEMBRE 2025
El pasaje de las páginas 114 a 117 se centra en la mujer del médico y en el dilema existencial que conlleva su visión en un entorno dominado por la ceguera. Su vigilia nocturna no es solo física, sino también moral: mientras los demás duermen, ella se enfrenta a la conciencia insoportable de ser testigo de un horror que nadie más puede contemplar. Ver, en este contexto, no se traduce en ventaja, sino en condena. Su lucidez la expone al sufrimiento de saber demasiado, de percibir la suciedad, la descomposición y la degradación en toda su crudeza. De allí su pensamiento desgarrador: desear estar ciega, porque en el universo devastado por el mal blanco, la ignorancia se confunde con alivio.
El relato subraya la capacidad de la mujer del médico para observar no solo lo tangible, sino también los vínculos invisibles entre los demás personajes. Repara en la ternura de la chica de las gafas oscuras hacia el niño estrábico, gesto mínimo que revela cómo, incluso en la miseria, la compasión resiste. Al mismo tiempo, su mirada se posa en la intimidad de una pareja que, en medio de la catástrofe, conserva un espacio para el deseo y la ternura. Ella no los juzga, sino que experimenta una mezcla de simpatía y compasión, reconociendo que, en ese instante efímero de placer, también se afirma la humanidad que la epidemia intenta borrar. Ese contraste entre el horror generalizado y los destellos de humanidad coloca a la mujer del médico como cronista silenciosa de lo que sobrevive de lo humano.
El silencio de la noche, apenas interrumpido por la presencia de los soldados y el viento en las fachadas, adquiere un simbolismo profundo. Afuera, el mundo parece vacío, casi extinguido; adentro, el encierro multiplica olores, ruidos y miserias. La mujer, al sentarse en el umbral, experimenta la paradoja de habitar dos mundos: el de los ciegos encerrados y el de una ciudad en ruinas, custodiada por centinelas que tampoco comprenden del todo qué vigilan. La escena transmite una soledad absoluta: el portón, la luz, el soldado y el silencio representan el límite entre lo que fue la civilización y lo que queda de ella. Su reflexión acerca de las tijeras, surgida de manera inconsciente, anticipa que los objetos cotidianos pueden transformarse en instrumentos de resistencia, cuando la desesperación supera el miedo.
El encuentro final con el ciego centinela, armado con un simple garrote, refuerza la tensión dramática del pasaje. La mujer del médico observa la fragilidad del poder en su expresión más cruda: un hombre que se balancea de un lado a otro, repitiendo un movimiento mecánico, como si su autoridad dependiera de la ilusión de control. Ella lo analiza desde el silencio, consciente de que su visión la convierte en testigo de una farsa que los demás no perciben: la guardia ciega que custodia a otros ciegos. Es un recordatorio brutal de cómo los sistemas de dominación pueden sostenerse sobre símbolos más que sobre realidades, sobre gestos de fuerza vacíos que, sin embargo, logran mantener a los demás sometidos.
Desde un punto de vista filosófico, el fragmento plantea una pregunta fundamental: ¿es preferible ver el horror o ignorarlo para sobrevivir? La mujer del médico encarna la ambivalencia entre la lucidez y el tormento. Su capacidad de mirar le otorga la posibilidad de actuar, pero también la arrastra al dolor de una conciencia insoportable. La paradoja es que quienes no ven logran encontrar momentos de consuelo, ternura o incluso placer, mientras ella carga con el peso de contemplar lo que los demás no pueden soportar. En este sentido, la visión se convierte en metáfora del conocimiento: ilumina, pero también hiere.
Entre la Piedad y la Injusticia: La Delgada Línea de la Humanidad
En las páginas 118-120, Saramago conduce al lector hacia un escenario cargado de tensión, en el que la mujer del médico, única vidente en un mundo sumido en la ceguera, se enfrenta no solo a la vigilancia de un centinela ciego, sino también a la contradicción moral que su situación le impone. El hombre que custodia la puerta, agotado y desarmado por el sueño, se convierte en símbolo de la vulnerabilidad compartida: aun en su papel de opresor, es también víctima del mismo infortunio que azota a todos. El garrote caído, metáfora de la fragilidad del poder, revela que la verdadera fuerza no reside en las armas ni en la violencia, sino en la percepción de los otros y en la manera en que se deciden las jerarquías en medio del caos.
La mujer del médico, al observarlo, no siente odio ni rabia, aunque sabe que roba lo que pertenece a los demás; en su interior surge la piedad, ese sentimiento humano que sobrevive incluso en las condiciones más adversas. Este detalle resulta profundamente revelador: en un ambiente de injusticia, hambre y miedo, la compasión aparece como un último resquicio de dignidad. El gesto de contemplar al enemigo como alguien fatigado, casi indefenso, abre una grieta en la lógica de la hostilidad y plantea una pregunta que atraviesa toda la obra: ¿qué queda de la humanidad cuando las normas que la sostenían se desmoronan?
El relato se adentra también en la intimidad de los cuerpos y en la forma en que buscan calor, compañía y consuelo en la oscuridad compartida. Los amantes que duermen abrazados, los enfermos que resisten al insomnio, los que intentan inventar sombras tapándose la cabeza: todos reflejan, en su vulnerabilidad, la búsqueda desesperada de un orden perdido. Mientras tanto, el contraste entre la abundancia retenida por unos pocos y la miseria del resto subraya la crudeza de la desigualdad. La comida acumulada hasta pudrirse en la sala de los malvados, mientras otros padecen hambre y enfermedades, revela el sinsentido de una lógica de poder sustentada en la privación y en la explotación.
Saramago no describe simplemente un estado físico de ceguera, sino una metáfora política y social de la injusticia. Los centinelas y escribanos, encargados de mantener un orden corrompido, terminan siendo cómplices de un sistema de opresión que reproduce en miniatura las estructuras de poder del mundo exterior. En su crítica, el autor resalta la paradoja entre la poca comida ingerida y los excesos fisiológicos que derivan en enfermedad: es la imagen grotesca de un mundo que ha perdido su equilibrio, donde la causa y el efecto ya no obedecen a leyes naturales, sino al desorden moral y social.
La mujer del médico emerge como testigo privilegiado y, al mismo tiempo, como conciencia ética de lo narrado. Ella es quien observa, quien duda, quien siente compasión, y también quien carga con el peso de una mirada que no puede compartir con nadie. En esa soledad de la lucidez, su humanidad se enfrenta al dilema de actuar o limitarse a contemplar. El silencio en que decide moverse, la prudencia de no intervenir y la resignación de volver al lugar donde «pertenece» reflejan la contradicción del que sabe y ve, pero se ve impedido de transformar la realidad sin arriesgarlo todo.
Finalmente, este fragmento permite leer la novela desde una clave más amplia: la ceguera no es solo la incapacidad de ver con los ojos, sino la negativa a reconocer la dignidad del otro. Los opresores que almacenan alimentos hasta dejarlos pudrirse encarnan la ceguera del egoísmo; los que esperan en silencio, resignados, representan la ceguera de la desesperanza; y la mujer del médico, con su mirada cargada de piedad, encarna la lucha silenciosa por no dejar morir lo humano en medio de la barbarie. En esta tensión entre el poder, el sufrimiento y la compasión, el lector se enfrenta a una pregunta que trasciende la ficción: ¿qué haría cada uno de nosotros si fuese el único capaz de ver en un mundo de ciegos?
El pasaje entre las páginas 118 y 120 de Ensayo sobre la ceguera sitúa al lector en una escena cargada de tensión y simbolismo. La mujer del médico, única vidente en un mundo condenado a la oscuridad, se enfrenta a la vigilancia de un guardia ciego que, en su papel ilusorio de centinela, intenta sostener un orden que ya no existe. La amenaza del garrote, el cansancio que vence al vigilante y la observación silenciosa de la mujer construyen un contraste poderoso entre la fragilidad del poder y la fuerza de la resistencia silenciosa. En medio de ese entorno degradado, lo que prevalece no es la violencia inmediata, sino la vulnerabilidad humana, donde incluso el opresor, vencido por el sueño, se convierte en objeto de piedad.
Desde un punto de vista simbólico, la figura del guardia dormido expone la inutilidad de una autoridad que se sostiene únicamente en la apariencia. El garrote que cae al suelo se convierte en metáfora de la caída de un poder ilegítimo, de una vigilancia ficticia que no protege ni garantiza justicia, sino que perpetúa la opresión. La mujer del médico, al observarlo, no siente odio, sino compasión, revelando que la verdadera fuerza no está en la violencia, sino en la capacidad de conservar la humanidad en medio de la barbarie. El contraste entre su lucidez y la ceguera colectiva subraya una idea clave: ver, en este mundo, es también cargar con el peso de la conciencia moral.
La narración se amplía con la descripción del hambre, las privaciones y la injusticia ejercida por los “malvados” que controlan la comida. El relato adquiere tintes de crónica social: la desigualdad se manifiesta de manera brutal, donde unos acumulan en exceso mientras otros apenas sobreviven con las sobras. El detalle del colirio en la mesita de noche de la chica de las gafas oscuras —ya curada, pero ignorante de su curación— introduce otro matiz de ironía amarga: la esperanza de sanar existe, pero es invisible en medio del sufrimiento colectivo.
Desde un punto de vista crítico, esta escena expone la perversión del poder cuando se ejerce sin ética. Los ciegos dominantes no sólo monopolizan los alimentos, sino que también privan a los demás de servicios básicos como los sanitarios, lo que refleja la lógica de opresión y exclusión que reproduce cualquier sistema autoritario. La descripción de diarreas, hedores y cuerpos debilitados por el hambre no es un recurso gratuito, sino una denuncia clara de cómo la dignidad humana se pierde cuando la avaricia suplanta la solidaridad. El narrador, con un tono casi de acta judicial, señala la contradicción entre el exceso acumulado y la escasez en los demás, convirtiendo esta parte de la obra en una radiografía descarnada de la desigualdad social.
Un primer punto de vista posible es el de la resistencia silenciosa: la mujer del médico, aunque sola en su visión, se convierte en testigo activa. Su decisión de observar, contar y recordar a los veinte hombres dormidos no es un gesto menor, sino una forma de preservar la memoria frente al olvido impuesto por los opresores. En su figura se condensa la idea de que, incluso en la mayor adversidad, alguien debe cargar con la responsabilidad de ver y narrar.
Otro punto de vista complementario es el de la deshumanización colectiva. Los ciegos, sometidos al hambre y a la exclusión, comienzan a perder no solo sus derechos, sino su condición misma de sujetos sociales. Al ser tratados como despojos, se ven obligados a reproducir comportamientos degradantes, como buscar alimento entre la suciedad. Desde esta perspectiva, Saramago no describe simplemente una epidemia, sino un laboratorio social en el que el deterioro de las estructuras colectivas conduce inevitablemente a la animalización de los individuos.